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Escritos Dispersos

“EQUUS”: ¿PARA QUÉ LE HABRÁN PUESTO CABALLOS?

 
    No hace mucho Luis Buñuel hablando sobre Ingmar Bergman, señalaba su “moral apta para todos los gustos”. Exactamente lo mismo es lo que se percibe en Equus, la última pieza de Peter Schaffer.
   Toda la obra es una confusa ensalada de seudo conceptos trasnochados y de mitologías decimonónicas que caen sobre el espectador como un chaparrón violento e inesperado a mitad del verano.
   ¿Qué es lo que se propone Schaffer a través del parlamento final de su doctor Dysant) ¿Una vuelta a la naturaleza oscuramente roussouniana? ¿O un privilegio de la enfermedad mental aceptada como tal, en tanto sea solamente la manifestación romántica de lo extraño? No hay respuesta. Sólo una catarata de situaciones teatrales sazonada con efectos “dramáticos” a la orden del día.
   La representación de un “caso” es ortodoxamente correcta, pero la oscuridad ideológica en la cual la envuelve el autor es de tal modo ambigua que cae en la moral para todos los gustos de la que hablábamos más arriba. Schaffer recurre a toda la gama de trucos teatrales posibles para envanecer al espectador y hacerlo sentir inteligente y “normal”. Practicaría así una suerte de distanciamientos brechtiano al revés: hace alejar al público lo suficiente de la acción, pero no para obligarlo a tomar posición, como en el caso de Brecht, sino para hacerlo sentir ajeno a la anécdota dramática que se desarrolla ante sus ojos y convencerlo de que es un espectador “culto” y “a la moda”.

En cuanto a la supuesta revelación de un genio de la actuación  con que nos ha bombardeado toda la cofradía de críticos teatrales, esto es la interpretación de Miguel Ángel Solá, es facil de explicar: todos los demás actores están tan mal, que una actuación mediocre como la suya pasa por extraordinaria. Solá se mueve por toda la obra como un muñeco mecánico detrás del cual intuimos la sonrisa perpetua de Madanes como la del gato de Chesire. Su actuación sacada de un texto de ensayo clínico y no del teatro incluye un espantoso acento que hace recordar a un personaje de cualquier serie norteamericana doblada en Centroamérica. Su Alan Strang no tiene hondura, aparenta ser tan sólo un mocoso malcriado e histérico, ligeramente cretino, que no merece para nada la atención de todos los que lo rodean (espectadores incluidos).


    Duilio Marzio jadea continuamente, intentando dar matices a su doctor Dysant, logrando únicamente que su voz infantil lo haga acreedor a un tratamiento como el que necesita el joven Strang. Dos actrices de valor como Marta Gam y Susana Lanteri tratan de imponer oficio a sus papeles,  no consiguiéndolo en lo absoluto. La madre fanática religiosa y la doctora en leyes son dos marionetas que trajinan la función sin la más remota idea de cuáles son los roles que deben asumir. En el caso del primer personaje mencionado, parece increíble cómo todavía se puede pintar a una católica neurótica con tantos amachietamientos (cruz colgada de cuello inclusive) que evidencian en Schaffer una noción infantilmente anticlerical digna de un folletín del siglo pasado.
    El padre, un “ateo” terriblemente old fashioned parece haberse quedado detenido en la lectura de H. G. Wells, aunque Fernando Labat logra salvar en parte su actuación asiéndose a todos los trucos que aprendió en sus años de teatro. Nora Kaleak aporta sus 90-60-90 y una docena de líneas de las peores que ha escrito su autor.
   En medio de tanto desatino actoral el coro que “interpreta” a los caballos consigue dar muestras de una cohesión digna de mejor empresa.
  Al término de la función sin que nadie lo llamara Cecilio Madanes aparece en el escenario para saludar al público, especialmente al de los palcos (doscientos mil pesos) y nos muestra su calva reluciente, perladas por gotas de sudor, como señalándonos que él también puede montar una obra “comprometida”.
    Equus seguirá su marcha batiendo records de taquilla. El público suficientemente azuzado por la trenza de críticos locales llenará las butacas, presenciando una obra que dentro de una década será sólo un título más perdido en la infinita lista de piezas teatrales menores. Pero, desnudo incluido, ¿quién puede decirles que están equivocados?

 L’Eco D’Italia, 6 de enero de 1977.

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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