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Escritos Dispersos

MONTY DE VENUS
  “Montgomery Clift” por Patricia Bosworth. Editorial Planeta, 1980. 395 paginas.

  La lectura de este tipo de biografías puede interesar de tantas maneras diferentes que aquí sí podría realizarse la tan mentada crítica del que lee. Desde el coleccionista de datos hasta su similar de chismes quien se enfrente con el libro de la señora Arrighi (la Bosworth dedica su libro a su esposo Mel Arrighi) no saldrá defraudado en esos niveles.
   Pero hay otro nivel –tal vez impensado- que este libro propone y allí es donde su lectura se hace irresistible y por ende altamente recomendable; éste es del estilo al cual denominaremos pop-fifties.
   Pocos personajes son más típicos de una determinada época que Monty Clift. Pocos como este gran actor se encuentran indisolublemente ligados a la década del cincuenta, que por otro lado tiene sus paradigmas: James Dean, Elvis Presley, J. D. Salinger. Precisamente esto es lo que la Bosworth Arrighi entrega en cantidad. Toneladas de signos de una atmósfera de rock and roll y comics, de psicoanálisis eufórico y de guerra fría, de Cadillacs desmesurados y blue-jeans, de zapatos de raso y de camperas de cuero, de zoquetes blancos y terciopelo azul y por sobre todo una idea de decadencia y disponibilidad que se fue irremediablemente –tal vez- con esa década.
      Tomemos un trozo de la prosa de la Bosworth Arrighi, en la cual Augusta Dabney (mujer de Kevin McCarthy y por lo tanto cuñada de Mary) habla sobre una liason de Monty de esta manera “Entré en la habitación y tuve la sensación de que Monty y Libby debían tener una sexualidad muy pervertida. Todo parecía muy erótico y desmayadamente decadente, las tenues luces, las resbaladizas sábanas de blanco satén, la abrumadora fragancia de Jungle Gardenia. Y luego distinguí un enorme frasco de Seconal en la mesita de noche, que por lo menos contenía un centenar de píldoras. En la etiqueta se leía ‘Libby Holman Reynolds’ ”.
   El pastiche anterior rebela a una narradora capacitada de tal manera para la parodia –sea voluntaria o involuntaria- que nos transmite una acumulación connotativa tal, que hace pensar en una Colette de los American fifties o que Truman Capote se hubiera transmutado en una redactora de Cosmopolitan.
   Son otros y muchos los primores que la autora de este libro se encarga de estructurar. La meditada dosis de escandaletes e interjecciones de disgusto puritanos (el leit-motiv del texto es la palabra ¡Oh!) hacen que la escritura de Patricia se asimile a un documental sobre los años cincuenta montado en base al patchwork.
    Toda biografía tiene sus tesis y la de este “Montgomery Clift” es la que el biografiado acabó autodestruyéndose por no poder vivir sin culpas y públicamente la homosexualidad que privadamente admitía. Esta tesis es la que hace que a veces el texto de Patty se desbarranque hacia el pantano del fatalismo psiquiátrico; pero son pequeños y ocasionales escollos en un recorrido signado por el exotismo naif de una prosa que fomenta el delirio y hace acopio de un anecdotario recogido, al parecer, en los restaurantes italianos del Village y en las melancolías alcohólicas de los actores de reparto.
  Así, por ejemplo, uno de los colaboradores fundamentales de esta Françoise Sagan de la Costa Oeste son los recuerdos de Jack Larson, amante paciente y sin esperanzas de un Monty terriblemente beat. Larson –y he aquí el grado de fascinación de este memorial- fue el actor que interpretaba por ese entonces el papel de Jimmy Olsen en la serie televisiva de “Superman” que todavía se pasa por los canales porteños, donde se ve a este chevalier-servant con corbata de lazo y expresión compungida.
    Fiel a lo tradicional Sweet Pat no olvida a la starlet buscona, al productor ulceroso, al pusher aquí apodado “Bird” (¿por Charlie Parker?) y que terminó trabajando para la policía, los chongos caprichosos y feraces, las sesiones de bourbon o vodka para el fin de semana solitario, y hasta la madre chiflada y militantemente castradora. Pero la autora convierte a estos vectores pertinaces en dóciles gatitos en sus manos de malabarista experta.
   Recorrer este libro es pasearse por una tarde suburbana un domingo de sol californiano de 1959, tomando leche malteada por litros, devorando quintales de pop-corn, mientras el general Eisenhower saca a su perro, papá lo sabe todo, y a lo lejos se escucha la trompeta de Chet Baker o “The Four Aces” corean aquello de “Red Roses for a Blue Lady...” Delicias irrecuperables, salvo para el fetichista memorioso.

 Publicado en la revista “PEPE” a comienzos o a mediados del año 1981.

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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