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Escritos Dispersos

ALFREDO GOBBI EN EL RECUERDO

    Llegó y se fue bajo el signo de Tauro, éste Alfredo Julio Floro que llegó al mundo en París ¿y dónde sino para un tanguero de aquellos años? Corría 1912.
  Sus padres Alfredo Gobbi y Flora Rodríguez estaban grabando los primeros discos de tango patrocinados por la casa Gath y Chaves, junto con Ángel Villoldo también de la partida, y que fuera padrino de recién llegado.
    Su niñez en Villa Ortúzar –donde todavía no daban la hora por teléfono-, sus escapadas al Select Lavalle (sí el mismo, que todavía tenía su techo corredizo como el cine de Parma que inspiró a Bertolucci aquella escena de La luna), adonde se escapaba para ver a su ídolo Julio De Caro y aprender de oído algunos hallazgos del maestro.
  Nuestro Alfredo Gobbi debutó formalmente como violinista de la orquesta de Luis Casanova en el salón “Italia Unita”. Luego vendría la de Juan Maglio “Pacho (en el Pabellón de las rosas), y luego Carlos Trigal, Roberto Firpo, Manuel Buzón, Anselmo Aieta y Mario Pardo hasta que recaló en el sexteto Vardaro-Pugliese que actuaba en el Metropol, el segundo bandoneón era de un pibe recién llegado, Aníbal Troilo.
  Luego aparecen las giras, los arreglos (para Pedro Láurenz, para Armando Baliotti), hasta su apoteosis en el 42 cuando debuta en la boîte Sans Souci, ya con su orquesta. Digo apoteosis porque desde entonces fue llamado, con bastante imprecisión “El violín romántico del tango” lo cual muestra un parejo desconocimiento tanto del romanticismo como del tango. El lirismo de Gobbi fue cerebral. Lo cual no quiere decir frío ni mucho menos “técnico”, sino por el contrario apunta a un carácter introspectivo, el primero que el tango tuvo luego del secreto Orlando Goñi  y hasta el Pugliese de “La Yumba” o de “Negracha”.
   En tren de comparaciones -siempre odiosas pero a veces certeras- su creación para el tango tuvo un simétrico equivalente jazzístico en músicos como Thelonius Monk o el primer Bill Evans. Reconcentración lírica, notas prolongadas que se quiebran en el momento exacto en que aparece el fantasma de la nostalgia, que era ya territorio de Vargas-D’Agostino instalados en la temprana elegía de un mundo “...que fue señor y dueño de un tiempo que pasó”.
    Ocasionalmente convocado para las grabaciones (precisamente este hijo de aquel otro Alfredo que grabó los primeros tangos en París) Gobbi registró entre 1947-57 dieciséis temas instrumentales (la mayor parte de los cuales han vuelto a ser puestos en circulación recientemente por RCA) en los sellos Víctor y Orfeo, temas todos ellos de los más brillantes y clásicos del repertorio tanguero. “A Orlando Goñi”, “El andariego”, “Camandulaje”, seguramente sus creaciones más conocidas, aunque también son imprescindibles: “El último bohemio” (dedicado a Troilo), “Desvelos” y “Cavilando” (título emblemático para los personajes de Bioy Casares)
  Entre los “cantables”, para seguir con la clásica división de los temas del tango, figuran: “Tu angustia y mi dolor”, “Cuando llora mi violín” y “Soy el cantor de la orquesta” que interpretaron en su momento desde Jorge Maciel a Oscar Ferrari, aunque tal vez el mejor vocalista con que contó Gobbi fue el notable Ángel Díaz –pero esto puede ser una elección por demás subjetiva ya que éste fue amigo de mi padre.
   Después de su última grabación en el ‘57 Gobbi al igual que el tango comenzó a perderse en las últimas noches de farra y copetines. Se fue perdiendo con los postreros cabarutes (Gobbi trabajó por entonces en algunos del barrio de Once), en los últimos bailes con la “típica” y en algún heroico baile de suburbio.
  Se fue llevándose de la mano a otra Argentina que aún perdura en el eco de algún silbido fugitivo cuando ya es de noche y se vuelve a casa. Revive, como la magia, al conjuro de las primeras penas sentimentales, con el primer o el último metejón. En las tardes de soledad –momento prototípico de Buenos Aires según Martínez Estrada- cuando el hombre que todavía está solo y espera ceba sus primeros mates, la compañía del tango (en el recuerdo del tarareo o del ocasional disco) vuelve a surgir.
   Alfredo Gobbi fue, como pocos, un compositor entrañable y de personal sonoridad. Sospecho que perteneció a una generación postrera, la que entronca con Horacio Salgán y Julián Plaza, una tradición que sólo el genio arrasador de Piazzola pudo retomar. Éste por otro parte siempre lo menciona como una de sus fervorosas inspiraciones, por ejemplo su tema “Retrato de Alfredo Gobbi”.
  Pero ya estamos en otras voces y en otros ámbitos; aquellos que sólo pueden conocerse cuando un sentimiento se hace voluntad de afirmación, cuando una melodía se hace fervor. Pero ésta es otra historia.
   Hoy hace dieciocho años que se murió Alfredo Gobbi, tal como un 14 de mayo había llegado al mundo en París, porque entonces la Argentina más que un lugar geográfico era una gozosa afirmación de la vida por todo el mundo.

 La Voz, 21 de mayo de 1983.

 

 

© Ángel Faretta
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