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Escritos Dispersos

“EL GATO NEGRO” EN UNA VERSIÓN PEDESTRE

El gato negro (Il gatto nero, Italia, 1980)

 Lamentamos informar a varios medios –por éste otro- de que el film “El gato negro” no pertenece a la filmografía de Lucio Fulce sino a la de su tocayo Lucio Fulci. Error por demás comprensible dadas las altas preocupaciones que tienen los gacetilleros y la fe que otorgan a los cronistas presurosos en averiguar las últimas novedades del cine polaco.
   Nuevo Lucio Fulci en lo que va del año (tras “Una mujer con la piel de serpiente” y “El descuartizador de Nueva York”) dentro del film de horror, ya que Fulci se entrega también al soft-core en cuanto puede (habrá que investigar en los cines París o Arizona), o en cuanto lo dejan, nuestro hombre tras la cámara pasa de Edwige Fenech a Edgar Poe como quien apura la entrada y ya está devorándose el postre.
    Co-escrita por Fulci junto a Biagio Proietti (un excelente narrador italiano de gialli) esta versión del brillante relato de Poe aunque es –especialmente en su segunda parte- estrictamente certera en lo literario es absolutamente pedestre en cuanto a lo cinematográfico.
  Fulci insiste con sus tomas subjetivas cámara en mano, su proclividad al zoom con trayectoria de misil, la acotación francamente desagradable perdiendo por el camino las contadas oportunidades, como un viajero entretenido en alguna lectura y que desaprovecha el paisaje que aunque lóbrego pueda inspirarlo.
   Fulci también desaprovecha la testa por demás célebre de Patrick Magee (el Marqués de Sade en “Marat-Sade” y más veladamente en el último y magistral episodio de “Cuentos de ultratumba” de Freddie Francis; y también papá Brontë en el film de André Techiné) de quien solamente filma sus acuosos y verdes ojos y sus pobladas cejas renacentistas. También desaprovecha a la ex diva del cine retro de los setenta la norteamericana Mimsy Farmer a quien hace pasear por la estólida trama, aunque siempre con su expresión de conejita albina; leve compensación para sus devotos.
    Pero especialmente Fulci desaprovecha todo lo que el cine –y el Cielo- nos da. La oportunidad de intuir por el horror la belleza y si en el papel –en el guión claro- ha intuido por dónde encaminarse a buscarlo (un estanque de cisnes, escalinatas blancas, cementerios en la campiña, un pueblito inglés sumido en la niebla matinal con sus callejones de grueso macadam y sus borrachos tambaleantes) cuando apenas ha dado unos cuantos pasos, Fulci se pierde en dudosos atajos, se distrae en posadas poco recomendables, se queda letárgicamente adormecido y, cuando despierta, los sueños ya se le han ido de la mano a jugar con algún mago (pensemos en Dario Argento para seguir en tema) y huyen de este aprendiz de brujo engorroso que abochorna por su desidia.

 

La Voz, 7 de agosto de 1983.

 

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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