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Escritos Dispersos

SEGUNDA PRESENTACIÓN DEL BALLET DEL ALLA SCALA

     En su segunda ronda nuestros visitantes bailarines del teatro Alla Scala
se despacharon el martes y el miércoles pasado con un tríptico concebido con coreografías de otros tantos reputados creadores de la danza de posguerra. “Serenade” de Georges Balanchine, “Nido de águila” de Louis Falco y el ya harto frecuentado “Bolero” de Ravel coreografiado por Maurice Béjart...
  El primero compuesto por Balanchine en 1960 es –como acertadamente fue definido por algunos- un ballet “abstracto” tomando como fondo la serenata para cuerdas (Opus 48) de Chaikovski. Una larga balaustrada contra un violento cielo azul, una terraza donde frágiles danzarinas son por momentos “visitadas” por figuras vestidas allo sport de comienzo de siglo, cierta ominosidad latente, cierta nocturnidad, son los elementos constitutivos de este magistral ballet.
  El elenco visitante lo danzó con solidez y por momentos en forma brillante, a pesar de algún ocasional traspié (en realidad varios) de una de las danzarinas cuyo nombre –afortunadamente- se nos escapa en este momento.
  Nuevamente se destacaron Anna Maria Grossi y Bruno Vescovo; de éste último especialmente no es abusar de dones proféticos augurarle un paso por la danza nada fugaz, ni menos aún anónimo. Nuevamente también Tiziano Mietto mostró su buen hacer.
    “Nido de águila” –así lo sospechábamos-  fue el punto alto de la visita de este ballet. Creado especialmente para el elenco del Alla Scala por el ítalo-norteamericano Louis Falco –con una brillante partitura original de Michael Kamen- “relata” con cierto acopio de alegoría la inmigración italiana a los Estados Unidos y conlleva para su desarrollo una imagen por demás claramente emblemática: el águila, magníficamente danzada por Mauricio Vanadia.
  Un tanto errático en su desarrollo, y si bien era mucho esperar de este ballet una suerte de “El padrino” de la danza, cabe acotar que por encima de algunas brillantes imágenes (la llegada, el dueto de los inspectores sanitarios, la aparición del sacerdote católico), Falco ha puesto todos estos elementos pero como perímetro de una historia más personal, la de la relación entre padres e hijos, aunque -como apuntábamos- un tanto errabunda en cuanto al tema éste de la esfera privada.
  Aquí el elenco fue impecable, brillante, en un ballet que por lo demás –y aún con nuestras breves anotaciones-vacilaciones en algunos puntos- es de las más brillantes creaciones de la danza de estos últimos años.
    Finalmente el por demás frecuentado “Bolero” de Ravel-Béjart confirmó con sus estridentes aplausos que el público, incluso el de este tipo de espectáculos, apuesta a lo seguro y aprueba lo ya aprobado por el uso y la costumbre.
   También una sugerencia: habría que preservar esta composición –digamos para seguir a Homero- durante siete años sin escucharse una sola nota en el mundo y luego volver a oírla tras el higiénico paréntesis. Puesto que “Bolero” se está convirtiendo en una suerte de tortura y haciendo una simetría con el tango, se está convirtiendo en “La Cumparsita” de la middle class con pretensiones, arruinando lo que –todavía- es una bella composición orquestal.
   Seguramente superior en su segundo programa, el ballet del Alla Scala mostró a un grupo de  bailarines por demás afiatado. A una ballerina (Luciana Savignano quien danzó precisamente “Bolero”) y a tres jóvenes danzarines que darán que hablar. Trajo una obra extraordinaria (“Nido de águila”) que hizo conocer a menos de dos años de su estreno mundial, y bellas puestas en escena con decantada y lujosa simplicidad. No es poco.

 

  La Voz, 24 de septiembre de 1983

 

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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