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Escritos Dispersos

LAS SINUOSIDADES BRILLANTES DE UNA NARRATIVA
 “El amante” de Margueritte Duras. Tusquets editores, 1985.

   Trayectoria curiosa y oscilante de la de Marguerite Duras. Se la incluyó  en el todavía indefinido, confuso y borroso movimiento del nouveau roman hacia los años cincuenta (en realidad una hábil maniobra publicitaria de las Editions du Minuit) que incluía –supuestamente- a escritores tan disímiles como Claude Simon y hasta el mismo Samuel Beckett que por entonces había comenzado a escribir directamente en francés.
   En el caso específico de Duras esta narradora ya tenía publicadas varias obras en los años cuarenta (sus dos primeras novelas fueron editadas incluso durante la ocupación alemana), cuando fue asociada al publicitado movimiento. Allí aparecieron las obras que se suponen marcan su ortodoxa pertenencia a la “escuela de la mirada”: “Los cínicos” y “Los caballitos de Tarquinia” hacia comienzos de los años cincuenta. Luego un giro de ciento ochenta grados: aparece “Una barrera contra el Pacífico” filmada malamente como René Clement (aquí se la conoció como “En esta tierra cruel”), novela prolijamente realista, dentro de los cánones sentados por la literatura francesa del siglo pasado. Saga de una familia (madre viuda, hermano y hermana), allí –ahora lo comprendemos- por primera vez Duras contó “su” historia, pero en un todo ortodoxo de ficción.
   Nacida en Indochina en 1914, Marguerite Duras perdió prontamente a su padre. Luego su madre una colonial entre snob y patética quedó a cargo de los tres hijos, dos varones y una mujer (la futura escritora era la hija intermedia) Si bien se trasladó a París en 1932 jamás abandonó unas obsesivas imágenes: las de una sociedad colonial ubicada en el Extremo Oriente con sus consiguientes ritos y sus esteras de bambú, sus soles y comidas picantes, sus largas tardes bajo un sol inacabable y severas palmeras polvorientas; el sonido intermitente de viejas canciones de radio o eternizadas en discos de pasta, leves cortinas que la escasa brisa movía sobre las habitaciones. Un mundo de ficción recreado una y mil veces y de distinta manera.
   De la forma clásica de “Una barrera...” pasó años después a las llamadas “obras para voces” (que pueden representarse en un escenario o ser leídas por radio), como “India Song” o “Navire Night”, la primera de las cuales, además, dirigió ella misma en una larga, minuciosa y por momentos irritante versión cinematográfica. Por lo demás Duras ha dirigido ya una docena de films...
    Entre paisajes de tórrida temperatura, de vestidos ligeros de gasa para las mujeres y de delgados trajes de hilo blanco para los hombres que se pasean por solitarias verandas, siempre se coló la imagen de la melancólica pareja de amantes fatalmente separados por alguna diferencia insoslayable. En “Una barrera...” Marguerite Duras simuló el amor de la protagonista por un ricachón (además la muerte de la madre la separa del hombre) En el guión de Hiroshima mon amour los simétricos amores de una muchacha francesa primero con un soldado alemán en la Francia ocupada y, quince años después, con un arquitecto japonés. El triángulo, amorío imposible, circuló por demás en todas sus obras: desde “Moderato Cantabile” a “El Square”.
  Ahora bien, finalmente tras una década en la cual estuvo entregada casi con exclusividad al cine y a la publicación consiguiente de sus guiones como obras radiofónicas, y tras una crisis alcohólica por demás severa, Duras ha resurgido a las letras con tres novelas (todas publicadas en castellano por Tusquets editores), “El hombre sentado en el pasillo”, “El mal de la muerte” y finalmente “El amante”, escrito entre febrero y mayo de 1984, cuya publicación dio a su autora el codiciado premio instituido por les frères Goncourt que la ha convertido en un insólito best seller, y lo más importante, es que finalmente su autora nos ha develado el centro del laborioso tapiz tejido y vuelto a tejer a lo largo de cuatro décadas de literatura y cine.
   “El amante” es la historia –contada en forma de autobiografía que osa decir su nombre- de los amores de la autora en aquella porción del Asia colonial francesa, con un chino hijo de un rico comerciante, siendo ella una adolescente. A pesar del carácter confesional (marcadamente confesional además: una foto de la autora tomada en aquellos días ilustra la edición francesa y ahora esta cuidada edición castellana), la escritura de “El amante” es uno de los mejores momentos –sino el mejor- de la literatura de su autora. Desechando los ocasionales juegos sintácticos o temporales de muchos de sus libros anteriores, aquí nos encontramos con una prosa ceñida, precisa, que va pautando las distintas visiones de esta historia con un estilo que emparienta a la autora con una larga tradición confesional de las letras francesas: desde Madame de Lafayette y Madame de Sevigné a los relatos otoñales de la mejor Colette.

 

  Clarín, 14 de febrero de 1985.

 

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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