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Escritos Dispersos

AGATHA CHRISTIE Y EL MAL
  “El diablo bajo el sol” (Evil under the Sun, Inglaterra, 1982)

 

El mundo de las ficciones de Agatha Christie es uno de los más sólidos, recurrentes y cerrados que existen. Sus criaturas –generalmente ricas y por tanto con mayores posibilidades de holgar sin más pretensiones- son víctimas y victimarios simétricos en un espacio lujoso donde los signos más visibles de detectar son el hastío más profundo y un afán de lucro actuado casi con tedio.

Como ya se ha dicho, el mundo de Agatha Christie es fundamentalmente pesimista, irremisible. Lógica conclusión del más cerrado calvinismo, sus criaturas nacen signadas por la fatalidad de ser arrojadas a un mundo donde la inocencia o la fragilidad son drásticamente castigadas. Sus criminales por lo general pueden ser todos y cada uno de los que se encontraban en determinado momento en un lugar cerrado en el cual un grupo de personas circunscriptas (los viajeros de un crucero, los huéspedes de un hotel, los participantes de un juego de salón, y así en más) tienen todas las posibilidades y -lo que es aún más terrible- todas las razones para deshacerse de alguno de los participantes de estos ritos sociales. Es más: la víctima es por lo general un ser innoble, repugnante, una excrecencia casi del infierno; el infierno helado de los calvinistas al cuál se accede por una lógica fatalidad de las consecuencias.

En “El diablo bajo el sol” (que más hubiera valido traducir literalmente, esto es: “Maldad bajo el sol”) constituye una de las más bellas y perfectas ficciones de la Christie, y casi seguramente la mejor de todas aquellas en las que interviene uno de sus dos detectives predilectos, Hercule Poirot (el otro es Miss Marple)

Poirot, un belga refinado y escéptico, es decir un melancólico instalado en la duda, deambula aquí por una isla de la costa adriática junto al –entonces- reino de Albania, cuando el comienzo de los treintas. Allí una ex cocotte, amante del rey, regentea un hotel en el cual es convocado por el azar un grupo reducido de personas. Todos ellos pueden haber matado a una diabólica actriz. Pero Hercule Poirot lleva hasta las últimas consecuencias sus razonamientos y sus resultados son remarcados por la actuación de Ustinov, quién -según mi amigo Jorge H. Andrés- “parece estar siempre interpretando a Rigoletto”.

Este film dirigido por el mediocre Guy Hamilton no está llamado a contar en ninguna antología siquiera mínima del placer cinéfilo. Son otros los goces que depara. El estilo outré, el encanto indiscriminado (subrayado por el vestuario de Anthony Powell, el mejor en su oficio sin contar a los italianos), la decoración deliciosamente old fashioned, donde de vez en cuando el biselado de una lámpara Tiffany importa tanto como el Mediterráneo impecablemente azul –el film fue rodado en Mallorca.

En medio de esos esplendores no lo son menos los esplendores epigramáticos con los cuales se enlazan estas pálidas criaturas de un tiempo fantasmal. Así como el eco (britanizado a lo Elgar) de las canciones de Cole Porter, los desayunos en una terraza by the sea, y los diálogos suntuosos, carnales y al mismo tiempo evanescentes con que dialogan estos condenados a un campo de batalla donde bajo el sol más intenso el Mal va tejiendo su inevitable trama, según dice Poirot.

Por otro lado el enfrentamiento entre Maggie Smith y Diana Rigg, hecho tanto de sonidos aliterados como de miradas, excede toda descripción, como el abandono aristocrático de James Mason, bebiendo una copa con su mirada resignada, o el alocado acento y pose de Roddy McDowall, siempre al borde de la histeria, son todos placeres tan enormes como la palidez de Jane Birkin o la mirada ostentosa y sabia de Poirot cuando los contempla a todos ellos como mórbidas orquídeas bajo la luz violenta del mediodía.



La Voz, 14 de mayo de 1983.

 

 

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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