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Escritos Dispersos

“EL REY D ELA COMEDIA” ES “TAXI DRIVER” EN CLAVE GROTESCA
“El rey de la comedia” (The King of Comedy, EE.UU, 1982)

“En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia el público lo aplaudió más todavía. Así pienso yo que perecerá el mundo; bajo el júbilo general de cabezas chistosas que creerán que se trata de una broma.
Sören Kierkegaard “Diapsalmata”.

 

El criterio más inmediato a establecer para intentar siquiera esbozar algunas líneas sobre la grandeza del último film de Scorsese, debe trazarse teniendo en cuenta lo siguiente: “El rey de la comedia” es “Taxi Driver” en clave grotesca. Si Rupert Pupkin quiere llegar a ser –siquiera por unos pocos minutos- ese Jerry Langford a quien ve por televisión desde su show y si para ello llega incluso al crimen, a la violación sistemática de los estatutos legales, es porque uno es el otro, o éste es el reflejo deseado, anhelado de aquél.

Pupkin se asemeja a Travis Bickle en su obsesión purificadora y en su entrega violenta a la afirmación de la vida, por más que para afirmarla deba negar absolutamente todo lo que le impide acceder a ella. Los diferencia una cuestión fundamental -clave para acceder a “El rey de la comedia” y a Scorsese todo- en “Taxi Driver” el héroe buscaba su purificación en soledad, mientras que en éste nuevo film Rupert Pupkin ha encontrado la imagen paternal del poder a quien desea acceder. Que fracase, que finalmente Langford resulte una desilusión es algo que únicamente comprende éste último cuando el otro ha logrado ser, lo que ahora ya no tiene ninguna importancia. Porque las cosas de este mundo están para perderse...

En el final de “El profesor chiflado” Jerry aseguraba que jamás volvería convertirse en el odioso Buddy Love (su horrible y amenazante alter ego), pero en el fondo de los ulteriores trabajos de Lewis algo propendía a hacer reaparecer ominosamente al execrable B. L. “Si no me aman como soy volveré a beber –presuroso- la fórmula y me transformaré de nuevo en Buddy Love y entonces sí tendrán motivos para no quererme”.

El exorcismo se ha realizado pero en el film de Martin Scorsese y Jerry se ha entregado –sabia y mansamente- a este rito de purificación que públicamente sólo lo compromete en un detalle anecdótico “El primer papel dramático en la carrera de J L...” etcétera.

Pero “El rey de la comedia” ha podido ser siquiera imaginado, gracias al campo de ficción proporcionado por el universo lewisiano que Scorsese ha hecho suyo o, más bien, ha incorporado a su propio mundo de imaginación.
Ese Jerry Langford amado, deseado, perseguido, se ha convertido –con el correr de los años y de los éxitos- en un ser horroroso, agrio, amargado, innoble, casi abyecto. Scorsese pauta esa situación desde la helada suite donde habita Langford (paredes y muebles blancos, múltiples pantallas de televisión sin sonido) y sus hábitos (tanto en esta suite como en su casa de fin de semana hay siempre tendida la mesa “uno solo”) También en todo aquello que lo rodea desde el laberíntico mundo oficinesco que maneja su show –secretarios, guardaespaldas, consejeros dudosos- hasta el atiborramiento sin orden de cuadros, objetos y fotos de infancia que rodean su casa. Jerry se ha convertido en el horrible Buddy Love.

Pero en las sombrías calles de Nueva York sigue habitando el hombre solo, el iluminado scorsesiano que nuevamente como Don Quijote, vuelve a llevar la lanza en ristre y a cargar contra lo que se le oponga. Como Travis Bickle, Rupert Pupkin se dispondrá al rescate y ambos se reflejarán en una imagen femenina a la cual tras mostrar el fruto de su lucha dirán adiós porque en este mundo la mujer existe solamente para coronar al vencedor.
Otro matiz –fundamental- para acercarse a una obra tan compleja como “El rey de la comedia” es que Rupert Pupkin tiene su equivalente femenino en Masha, la también “fanática” de Jerry Langford pero que sólo lo necesita para poseerlo sexualmente (su única forma de acceder al conocimiento), mientras que para Rupert acceder a Langford significa quebrar, no su aparente soledad sino otorgarle ésta como un don, para que aquél finalmente comprenda su aislamiento y pueda otorgarle un valor.

Sutil, fino, exquisito film de Martin Scorsese, “El rey de la comedia” corona una de las obras más fundamentales de estos tiempos. Porque Martin Scorsese ha comprendido que para quebrar la abúlica pátina que nos regula en nuestra época, debe buscarse una súbita iluminación purificadora, y la sacralidad empieza cuando el primer hombre alegre, violento y despreocupado dice no con la cabeza y sí con el corazón y con los puños.


La Voz, 16 de julio de 1983.

Nota de esta edición. Como sabe ya el lector de “Espíritu de simetría”, la obra casi inmediatamente posterior de M S nos pareció un ejemplo perfecto del signo meduseo. Una intuición temprana que llega poco después –y por diversos motivos- a petrificarse en la repetición y en la banalización de lo pioneramente descubierto antes.
Treinta años después –o casi- se podría intentar rastrear el “Jerry Langford” particular al cual el propio M S quiso secuestrar, tan siquiera por unos pocos minutos... Obvio -ya que estamos- que no era posible ni el Lang ni el Ford que sumados forman el anagrama de su personaje.

 

 

 

© Ángel Faretta
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