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Escritos Dispersos

PINTER Y SU TIERRA BALDÍA
“Tierra de nadie” (No Man’s Land)

“Me hallaba entonces tan profundamente conmovido que comprendí perfectamente que no me sería posible seguir una conformista y segura vía media en la que la mayor parte de la gente pasa su vida: tenía que arrojarme a la perdición y a la sensualidad, o elegir lo religioso de forma absoluta como la única cosa; o bien el mundo, en una medida que hubiera sido espantosa, o bien el claustro”.
Sören Kierkergaard, “Mi punto de vista”

 

Wittgenstein más o menos en la segunda década de éste siglo escribió -a propósito de los poemas de Trakl- que partir de ese momento lo sagrado en el arte existiría únicamente como paréntesis. Ese espacio que incluso gramaticalmente en su escritura -( )- indica gráficamente un espacio de encierro, de pausa, de detención, ese espacio, decimos, fue y es descrito desde entonces por creadores de formas que toman a aquel signo como emblemático de sus obras. Uno de ellos es Harold Pinter.

Un hecho que parece haber pasado inadvertido –salvo ocasionales acotaciones- radica en el punto de partida de las obras teatrales de Harold Pinter. Su universo, su espacio de ficción es la continuación –por otros medios- de la comedia clásica inglesa desde Oscar Wilde a Nöel Coward e incluso a autores “menores” del teatro boulevardier sólo que llevado al límite de su verosimilitud dramática.

También es la inclusión dentro de un discurso “blanco” -donde lo siniestro sólo acecha agazapado en la opacidad del lenguaje- de una “negrura” y espesura casi táctil en los diálogos. Los personajes epigramáticos de por ejemplo “La importancia de llamarse Ernesto” o de “Fiebre de Heno” han llegado al último grado del descalabro y la ficción del mutuo entendimiento –que en estas obras ya estaba a punto de quebrarse- traspasa en los textos pinterianos las últimas fronteras de lo humano, en el sentido de “inteligible”, racional, positivo... después se alcanza fatalmente la tierra de nadie...

Otra característica fundamental de Pinter es cómo ha sabido tornar universal una serie de personajes ya no solamente locales sino “barriales”, diríamos típicos hasta el grado más íntimamente privado de una ciudad. Quien conozca –siquiera ligeramente- el lado Este de Londres (donde nació nuestro autor en 1930, hijo de un sastre judío) habrá contemplado a esos personajes atrabiliarios, mezcla de cirujas y de viejos actores de varieté, que se pasean por ominosos sucuchos siempre calzados con zapatones enormes y rimbombantes y vestidos de raídos y a veces superpuestos guardapolvos o gabanes deshilachados. Que mendigan –con toda suerte de circunloquios- unos peniques que gastan presurosos en un vaso de gin o en esa más que oscura cerveza negra y espesa como un jarabe. Que frecuentan los baños públicos munidos de una pastilla de jabón amarillenta que muchas veces atan con un trozo de piolín alrededor de la cintura. Esos seres de edad indefinida que rondan por las noches la temeraria hospitalidad del Ejército de Salvación o de aún más oscuras sectas salvacionistas. Que mezclan el lenguaje más obsceno, amenazante, con citas deshilvanadas de Shakespeare y con una untuosa obsequiosidad que ronda la violencia más atroz. Esos personajes de esa parte de Londres (ciudad a la que muchos todavía suponen poblada de millones de seres vestidos como la pareja de la serie “Los vengadores”) fueron convertidos, sublimados por Harold Pinter en seres universales, como los sufrientes epilépticos de Dostoivski o los cuchilleros de Borges...

Este personaje de que hablamos recorre toda la obra de Pinter desde el “huésped” que recoge uno de los hermanos de “El cuidador” hasta este Spooner a quien –aparentemente- invita el señor Hirst a su mansión en esta deslumbrante, terrorífica y desoladora “Tierra de nadie”.
Spooner, el arquetípico “intruso” del universo pinteriano, se ha “instalado” (el lector comprenderá tantas palabras entre comillas, pero en rigor todo lo que suponga una lectura sobre Pinter debería ser escrito –y dicho- en esa forma) en la mansión de Hirst. Él –por su parte- es el típico “anfitrión” de este mundo: frío, distante, displicente, seguro porque se encuentra amurallado y dueño de la situación. Sirve bebidas a su huésped que comienza una serie de disquisiciones...

A partir de allí resumir –siquiera ligeramente- una obra de este autor se vuelve imposible. Hirst se convierte en Spooner, a quien posiblemente sueña (como la pareja de “Viejos tiempos” lo hace con la “otra mujer”), o tal vez lo convoca desde el pasado, tiempo en el que viven las criaturas de Pinter, para paliar –mediante el diálogo- la esterilidad en la que se encuentra sumido.
Luego aparece (tras un grotesco, horroroso mutis de Hirst), el tercer elemento clave de la estructura de las obras pinterianas. El o los personajes hostigadores. Aquí, un dúo de hombres que recuerdan a los investigadores de “La fiesta de cumpleaños”, que acechan a los otros dos con preguntas y violencias de todo tipo, con prohibiciones y breves lisonjas que actúan como pausas para continuar con su tortuoso hostigamiento. El coro de la tragedia en suma, vertido en la forma más precisa que pueda alcanzar en el teatro de ésta época.

Los roles se confunden, el dúo de hostigadores (que se presentan como Mr. Foster y Mr. Briggs) pasan a cumplir distintas funciones. Criados, secretarios, chevaliers-servants, explotadores de Hirst; burladores, celosos guardianes de Spooner. Briggs es llamado –cuando Hirst actúa como “amo”- Denson. Spooner por su parte puede (o no puede) ser el “viejo Charlie” que Hirst recuerda de sus años juveniles en Oxford. Supuestamente el “dueño de casa” es un escritor famoso, o lo fue, y Spooner un condiscípulo fracasado, poeta ocasional y bohemio. De allí que uno es el otro, o el fantasma del otro.
Así, “Tierra de nadie” –entrenada en 1975 y hasta el momento la penúltima obra de Pinter- se presenta como una suerte de “contaminación” o de resumen de esta última mitad del siglo de “La tierra baldía” de T. S. Eliot. La otrora Waste Land se ha tornado en esta No Man’s Land de Pinter “que no se hereda, ni cambia y que está siempre helada”.

Hirst es también el mítico rey impotente del ciclo artúrico, pero aquí no muere por agua ni resucita en abril porque el mes más cruel es toda la eternidad y esa casa (posiblemente en Hampstead, posiblemente en agosto, posiblemente en...) es el Infierno y lo único que lo hace “habitable” es que existe la posibilidad de invitar a los que todavía están del otro lado de la puerta para que entren.
La puesta porteña de “Tierra de nadie” puede ser discutida en puntos ocasionales (matices de traducción, por ejemplo o de concepción escenográfica), pero su resultado general es sólido.

Ahora bien para elogiar la actuación de Jorge Petraglia y Leal Rey debería inventar nuevos adjetivos, agotar sinónimos vagamente, porque sus actuaciones no sólo confirman que son de los cuatro o cinco grandes actores del teatro local, sino que en esta “Tierra de nadie” alcanzan cimas de una descomunal perfección.

Sus enfrentamientos, sus diálogos, sus entonaciones y hasta el más mínimo gesto de sus cuerpos son el más alto placer con que puede regalarse el sufrido espectador local agobiado por la imbecilidad y desaforada ramplonería que dominan la escena de esta ciudad.


La Voz, 27 de julio de 1983.


Nota de esta edición. Recuerdo que tras ser publicada esta reseña recibí a la semana –o cosa así- una carta larguísima de una señora, profesora de inglés, remitida desde un lugar de la provincia de Buenos Aires que ahora no puedo recordar. Bien. La carta, larga, prolija, más que minuciosa, detallaba un par de obras en un acto, monólogos o cosas así que Pinter había publicado después y que yo había omitido en mi reseña que desde luego –y como puede comprobarse ahora de su lectura- no pretendía ser exhaustiva. Sobre estos textos inéditos me detallaba el pie de imprenta y creo que hasta me informaba de su costo en chelines. Luego pasaba a detallarlos con toda minuciosidad. Unas cuatro o cinco páginas de apretada letra creo que manuscrita.
Lo que me despertó mi curiosidad es que no decía una palabra -alabanciosa o reprobadora- de mi larga crítica donde -como puede verse aquí- lanzaba varias teorías interpretativas sobre este autor, considerado por entonces tan hermético.
Pero nada. Sólo quería hacerme conocer dos obritas que yo desconocía. Y para ello –recuérdese la fecha- la escritura a mano, las correcciones, el enviarla por correo y todo para decirme que tenía o conocía algo que yo no.
Era de imaginar que la remitente debía tener algún interés estético por Pinter y sus obras y entonces -como no- digamos que también para intercambiar, para bien o mal, impresiones sobre una de las más rotundas de sus obras.
Pero repito; nada. Sólo quería comunicarme su pequeña propiedad a mi persona.
Debo confesar que desde entonces guardo una escéptica opinión sobre los lectores de reseñas y de todo tipo de notas sobre arte y cultura propaladas por medios escritos “masivos”.
Por cierto también, el propio Harold Pinter abandonaría años después esta “Pinterland” y se abocaría a denunciar en sus obras teatrales y en sus apariciones públicas a distintos regímenes políticos...

© Ángel Faretta
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