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Escritos Dispersos

  ERIC SATIE Y UN VODEVIL DELIRANTE

Nacido en la proustiana Honfleur en 1866, Alfred Eric Leslie Satie representa para Francia uno de sus caracteres artísticos más notables, gracias a que este señor tuvo para sí mismo la actitud menos francesa posible: jamás se tomó en serio.
  Fascinado por las catedrales góticas, organista de provincia, él mismo integrante –ya en París- de una secta esotérica sui generis (y no de los rosacruces como dice equivocadamente la nota del programa), capitaneada por Péladan, el autor de Vice Supreme y donde compartió disquisiciones laberínticas con Marcel Schowb, Rachilde, Apollinaire y André Salmón, quien eligió llamarse Eric Satie (su nombre completo le pareció enorme y pedante lo que siempre él más detestó) fue un personaje inusual, como decimos, y no sólo de la música francesa, ya que para establecer alguna comparación habría que pensar en nuestro Macedonio Fernández. Alguien que toma su don como algo divertido y natural, que compone piezas irrepresentables (como el porteño escribía cosas impublicables) que luego las olvida en algún rincón del altillo o en una lata de bizcochos y que se preocupa más por sus múltiples gatos, por el estudio de la astrología, o por tomar vino con los amigos en algún apacible bar de los suburbios.
   Entre sus reuniones místico-iniciáticas y sus escapadas por los cabarets Satie compuso entre los 20 y los 25 años tres series –de tres piezas cada una- de composiciones para piano que se inscriben entre las más brillantes  y luego influyentes que hayan tenido la música contemporánea. Ogives (basados en los estudios que Fulcanelli, otro integrante de la secta, había hecho sobre las ojivas góticas), Gymnopedies (tardíamente redescubiertas y que influyeron desde Juan Carlos Paz a Thelonius Monk y cuyos ecos se escuchan todavía entre los artilugios mecánicos de Pink Floyd o Rick Wakeman) y sus tres Gnossiennes (por “gnosis”, conocimiento, sabiduría de carácter iniciático, según el saber tradicional), todavía poco conocidas, especialmente por los pianistas franceses.
  Si bien Satie nunca fue un integrante ortodoxo de ningún movimiento –ni siquiera de su secta- todos los ismos posteriores lo reclamaron para sí.     Grave error, irrepetible. Satie fue como su contemporáneo Léautaud un solitario religioso que evadió las responsabilidades sociales en busca de diversión funambulesca. Como músico fue de lo más innovador tanto en forma como en sentido, pero fue un espíritu tardío, típico por otro parte de la cultura francesa pródiga en ellos. Satie se definió así: “Nací muy joven en un tiempo ya muy viejo”, que quiere decir evidentemente lo mismo.
   Su inclasificable obra “La trampa de Medusa” –escrita antes de la primera guerra mundial- y representada fugazmente en 1921 cuando la pirotecnia surrealista comenzaba a estallar, se perdió en medio del caos vanguardista de la época y Satie se fue a jugar con sus gatos y a tocar el piano en los café-concerts eludiendo la dudosa fama de la época.
    Exactamente sesenta años después la Compagnie de l’Elan la volvió a representar en el festival du Marais y a partir de allí, este grupo dirigido por Eric Laborey la ha llevado fuera de Francia y así llegó a Buenos Aires en una –lamentablemente- única función el pasado domingo 24 en la sala Casacuberta del teatro Municipal General San Martín.
    Básicamente “La trampa de Medusa” es un vodevil delirante más en la tradición de Labiche y de Feydeau que en la de Alfred Jarry (“un imbécil” según Borges), como podía pensarse en su momento. La obra que ha sido “enriquecida” con agregados de Laborey, que no se especifican lo suficiente en el texto de la traducción castellana (que gentilmente se repartió en la función), aunque por la confrontación con las indicaciones de la puesta y lo que se vio en la sala Casacuberta hubo detalles de mise en scéne que diferían visiblemente.
   Satie en “La trampa de la Medusa” se adelanta a ciertas corrientes del humor francés que luego retomarían escritores como Raymond Queneau y Boris Vian. Ciertos diálogos (“¿Quién es ese señor tan delgado?” “Es un luchador mi Frisette” “¿Cómo?” “Sí, lucha contra la tuberculosis”), o ciertos retruécanos (“Me parece que lo he visto en alguna parte”, “Es posible, voy allí muchas veces”) nos muestran que desde “El sombrero de paja de Italia” (Labiche) a “El arrancacorazones” (Boris Vian) el camino pasa, también, por Satie.
   La obra es asimismo una parodia (la utilización simbólica del mono –uno de los personajes- da la clave de las intenciones de Satie). Parodia del discurso oficial en todas sus vertientes: medicina, academia, pedido de mano, composición musical, la cultura oficial (“Quién no ama a Wagner no ama a Francia” obvia boutade a su contemporáneo primero amigo y luego rival Claude Debbusy) y a la historia en particular (un general a quien siempre se menciona se llama “general Póstumo”)
  La versión de la Compagnie de l’Elan sobrecarga las tintas en la actuación. Daniel Leduc como el barón Medusa insiste en demasía en la cuerda grotesca aunque es una brillante personalidad cómica. Sylvain Lamaire (como Policarpe, el criado y “campeón de billar sindicalizado”) se lleva las palmas: excelente actor, gran presencia física y fundamentalmente una voz magistral que cuando canta la parte de sus canciones conmueve por su bella  precisión, logrando los mejores momentos.
    Satie murió en 1925, en París, rodeado de sus amigos y sonriendo burlonamente a la fama a la que siempre esquivó como a la peste. Sin embargo su sonrisa como la del gato de Chesire se mantiene y prevalece cuando, sardónicamente vuelve a aparecer una y otra vez en los films de Jean Renoir (La regla del juego), en las canciones de Brassens, sin olvidar toda una corriente del teatro como las obras de Jacques Audiberti, y René de Obaldía. Y esto sólo por hablar de Francia, porque para parafrasear lo que alguna vez se dijo de Alfred Hitchcock “Cualquiera que en nuestra época se sienta al piano le debe algo a Eric Satie”. Yo diría que también le debe algo cualquiera que vive la vida como una fiesta bohemia, funambulesca, como una historia de hechizos y de magia.

  La Voz, 2 de mayo de 1983.

 

© Ángel Faretta
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