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Escritos Dispersos

NOTABLE E INQUIETANTE FILM DE NARCISO IBÁÑEZ SERRDOR
“¿Quién puede matar a un niño?” (Id. España, 1976)

Un matrimonio inglés llega en sus vacaciones a la costa mediterránea española. Él es biólogo, ella está embarazada. Son jóvenes, bellos, tal vez hasta un grado –como diría Bioy Casares- intolerable. Encima el sol de España, su verano, el azul del mar, sus fiestas, ese clima de permanente jolgorio donde el vino corre, la comida es fuerte y la gente saludable.

Tom conoce –había estado doce años atrás- una isla –Almanzora-, y allí lleva a su mujer. Llegan en una barca y sólo unos chicos están en el muelle, uno de ellos silencioso y de mirada irritable. Luego el recorrido por el lugar; los mesones vacíos, las cosas mecánicas que siguen funcionando a medias (un televisor encendido y sin imagen, un spiedo que sigue girando); el teléfono que suena; una recorrida –siempre bajo ese sol español, mediterráneo que a veces es liberación y a veces locura para quienes lo visitan desde el Norte frío- y lentamente la presencia de los niños (nuestros chicos, nuestros pibes, porque niños ¿es una palabra un tanto alejada, no?), que atacan a un viejo y luego juegan a la piñata con él. Una voz de mujer que pide auxilio por teléfono en un idioma desconocido (posiblemente holandés), la aparición de otros cadáveres; la pequeña villa isleña tomada...

Este segundo film de Narciso Ibáñez Serrador es una doble sorpresa después de “La residencia”, pleno de zooms, de golpes de efecto a los cuales –y para rimar- es muy afecto Chicho, y que nosotros bautizáramos como “chicheadas”. Constantes por los demás en sus adaptaciones poeinanas, en general protagonizadas por su padre –el gran Narciso- y vistas frecuentemente en la televisión porteña.

Pero “¿Quién puede matar a un niño?” es un film notable, por momentos decididamente brillante y de una neta perfección. Escenas como la llegada de la pareja a la isla desierta, la espera de la mujer en el bar y la aparición fugaz de una imagen a su espalda, o el encierro (hacia el final) en la laberíntica estación de policía con el acecho de la horda infantil y su violenta resolución, el posterior y notable anticlímax, la larga espera en la cárcel y –especialmente- el lento investigar de Tom que lo lleva hasta una iglesia desierta donde entrevé -tras las puertas- un culto abominable y blasfemo al cual se entregan los chicos (mezcla de inversión religiosa y pura pesadilla sádica), todo esto demuestra –por fin Chicho, por fin- a un inteligente lector de Poe o de Lovecraft. Aunque aquí las fuentes hay que ir a buscarlas por el lado del casi desconocido Roal Dahl, vía el William Golding de “El señor de las moscas”, con el cual el film de Ibáñez Serrador guarda una lógica similitud. Y hasta con el “Bestiario” de Cortázar, un libro por otro parte bastante influido por Dahl.

¿Quién puede matar a un niño? tiene –y propone constantemente- connotaciones inquietantes, que Ibáñez Serrador ha sabido obviar o dejar a medio decir. La explicación que por ejemplo ensaya Tom en un determinado momento sobre la selección o el instinto.
Brillante film de Chicho, aunque la versión local dura veinte minutos menos que original.

 

La Voz, 10 de septiembre de 1983.

 

 


© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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