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Escritos Dispersos

UNA ANGUSTIOSA EXPERIENCIA: MARIHUANA, SURF E INODOROS.
“Al diablo con la castidad” (Puberty Blues, Australia, 1981)

Tras las excelencias de Peter Weir y de la saga de “Max Mad” de George Miller ya se van perfilando las luces y las sombras del cine australiano.
Si bien ya Weir ha dado un traspié con “Galipoli” y Miller aún debe convencernos con otros films, si todo esto es cierto –decimos- es indudable que este Bruce Beresford es lisa y llanamente el Sydney Lumet (o Pollack, es lo mismo) australiano. Primero un “Asalto al camión blindado” pesado como el vehículo que menta su título. Luego una “Fiesta de Don” tan aburrida como vulgar. Luego la “comprometida” de turno, “Después de la emboscada” (tendida especialmente a los despistados), con sus largos y tediosos juicios militares, sus actores con las cejas crispadas y todo lo ya sabido.

“Al diablo con la castidad” (seguramente el diablo tiene mucho que ver en esto) es un film con adolescentes coloniales que han trocado el té con muffins y el cricket por las hamburguesas con ketchup, la marihuana y el surf. Todos los muchachos tienen los rulos oxigenados y mascan chicles hasta cuando van al baño (nunca vimos por otro parte tantos inodoros como en este film) y es muy posible que la goma de mascar les haya pegoteado el cerebro.
Las chicas, por su parte, encienden los joints, se intercambian confidencias menstruales y anticonceptivas (el film parece haber sido producido por una fábrica de espirales vaginales) y después, como gran acto de “rebeldía” (y eso por parte de las más concientes, desde luego) aprenden a andar sobre la tablita y remontar las olas.

Lamentablemente no haya aquí una gran Ola final -como en Peter Weir- que los arrastre a todos y se los lleve. En fin, hay tanto chicle regado con gaseosa, tantos chalets de clase media liberal (todos son puntillosamente iguales y cursis), tanto ketchup, que el film propone una angustiosa experiencia físico-estética. El film más que una crítica reclama a gritos toneladas de sal de frutas.
Este Beresford es el segundo que llega hasta estas costas. El primero fue William Carr hacia 1806 y fue recibido a palos por los porteños de entonces. A este Bruce habría que tratarlo de igual manera: un verdadero kelper cinematográfico.

 

La Voz, 30 de septiembre de 1983.

 

 


© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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