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Escritos Dispersos

  ALEJANDRO EL GRANDE EN TV

 “En la busca de Alejandro Magno” (The Search for Alexander the Great, (Gran Bretaña, 1981)

Rodada sospechamos a comienzos de este año o a fines del anterior (*), The Search for Alexander the Great, realización británica dirigida por Peter Sykes con guión de George Lefferts y Simon Raven, según un argumento original del primero, puede proponernos algunas reflexiones.
   En cuanto a su estructura “En la busca de Alejandro el Grande”, ofrece una agradable variación del tono didáctico: entrecruza tres tipos de relatos que, a priori parecerían excluirse. Por un lado James Mason in person y acompañado solamente de su charme nos relata los datos, cifras y hechos históricos en suma, con su apocado y aristocrático tono, en el centro de un anfiteatro, al borde de una de cuyas gradas descansa por momentos y, por otros, con un grueso libro en su mano hasta se atreve a dibujar algún improvisado diagrama geográfico en el arenoso suelo, mostrando –por ejemplo- la posición de las tropas griegas y persas a punto de enfrentarse en la definitiva batallas de Issu, o Issos, o...
   En segundo lugar tenemos la mostración en clave de ficción de los hechos históricos narrados, y aquí, digamos, aparece la parte más floja de la miniserie en cuestión. Aunque sus hacedores no quieren simular batallas a lo Cecil B. DeMille ni nada que se le parezca, es obvio que en los momentos más dramáticos (Alejandro enfrentado a sus generales, un fragmento de combate), el director ha hecho acopio de engorrosos primeros planos y ha acumulado caóticamente a media docena de figurantes que agitan sus brazos y gritan desaforadamente para dar la ilusión –por demás difusa- de acciones y legiones innúmeras.
    En tercer lugar tenemos, por el contrario, la parte más brillante de esta realización. Esta propone una suerte de sarao pirandelliano, infinito, eterno, donde todos aquellos que conocieron –en todos los sentidos- al protagonista, los que murieron antes que él (como Filipo su padre), o todos los que le sobrevivieron (Olimpia, su madre, Aristóteles, su mentor, sus generales) en incluso entre los primeros el mismo Daría, emperador de Persia, dan diferentes versiones de los hechos que Mason cuenta y que luego vemos en modesta reconstrucción. Fantasmales espectros de la historia, van y vienen en el interior de una carpa en medio de la meseta de Macedonia, aquellos que lo amaron o que lo odiaron, o mejor aún –y como suele suceder desde siempre- los que lo amaron y odiaron al mismo tiempo.
    Filipo, su padre, insistiendo que él –de no haber sido asesinado en la adolescencia de Alejandro- hubiera hecho lo mismo que su hijo. Olimpia, la madre, insistiendo que su hijo fue concebido por el mismo Zeus y dudando de la virilidad de su marido. Demóstenes, el más acérrimo opositor ateniense, refutando políticamente cada una de las acciones imperiales del conquistador. Aristóteles, melancólico maestro, acotando todo lo que Alejandro aprendió de él. Darío y su favorito (un eunuco que luego “heredó” Alejandro) haciendo jugosas acotaciones más allá del tiempo y del espacio. Sus generales  (Hefestión, Ptolomeo) juzgando el genio militar de su conductor y sus ocasionales desencuentros. Todos fantasmas que discuten sin agresión porque todos ellos viven en el reflejo de quien los convoca. Segundones históricos –parece sugerir brillantemente la miniserie- frente al genio, justificación de la historia.
  El acopio de datos históricos de “En la busca...” es serio, lo cual no quiere decir que no incurra –consecuentemente- en  una versión parcial y limitada de la civilización. Centrada en un historicismo feroz, de un liberalismo ingenuo, la moraleja final que se desprende de la visión de lo que aquí comentamos es el consabido sonsonete de que “El poder corrompe, etcétera, etcétera...”
    Por otro lado dos escamoteos han sido perpetrados en la miniserie en cuestión. Por un lado las consecuencias míticas de las conquistas de Alejandro; en este orden de cosas es por demás irrisorio cómo interpretan literalmente el episodio del Nudo Gordiano y eluden –más bien desconocen cabría decir- sus características metafóricas y simbólicas.
   Otro tanto sucede con la llegada a la India  en la cual los hacedores de En la busca... ven la imposibilidad del genio griego de enfrentar un problema meramente meteorológico (las lluvias parecen oxidar las espadas y el alma de los guerreros según esta visión) y no los serios problemas iniciático-religiosos que desembocaron en la marcha atrás de Alejandro, temas ambos amplia y brillantemente tratados por varios estudiosos.
    El segundo escamoteo se basa en las “costumbres persas” que adquiere Alejandro en la conquistada corte de Darío y que la serie trata con una almidonada compostura cercana a la incomodidad.
  Es posible -conviene aclarar aquí- que las tijeras locales puedan haber intervenido para  “aligerar” este tema, pero parece casi seguro que la miniserie se ha propalada localmente sin cortes.
  Obviamente estas “costumbres persas” atienden a la activa práctica de la pederastia, costumbre oriental –que al contrario de lo que vulgarmente se piensa- fue adquirida o conocida tardíamente por los griegos que practicaban por el contrario la relación “platónica” (El Banquete lo explica claramente) que no incluía ni la penetración sexual ni el afeminamiento de una de las partes de la pareja (afeites, vestimentas, joyas de mujer), cosa que también los griegos conocen en su conquista del imperio persa. De allí, por otro lado, la división proustiana –ver “Sodoma y Gomorra”- entre “homosexualidad maldita” u oriental y homosexualidad helénica. Pero también cabe recordar que los británicos pierden toda compostura cuando se trata de estos temas- remember Oscar Wilde- a causa de su culposa historia de subterfugios y con una ofuscación francamente puritana.
    Así las cosas “En la busca de Alejandro el Grande” nos deja el porte y acento oxoniense de Mason relatando antiguas gestas y por sobre todo el apuntado segmento pirandelliano, lleno de ricos contrastes que hacen al paso de los hombres por este mundo y su fatal apuesta a la Eternidad, o a ese sustituto que proporciona el recuerdo de las generaciones que siguen  evocando su memoria.
    N. B. Con persistente malicia los encargados de canal 13 seccionaron puntualmente –en cada uno de los cuatro episodios en que se difundió esta miniserie- los credits del final, que nos privaron de saber quién se encargó –por ejemplo- del brillante vestuario y en cuanto a los actores nos queda el recuerdo de Jane Lapotaire como Olimpia, distante y brutal como quien ha sido visitada por los dioses. Por el contrario un habitual buen actor como Nicholas Clay (Pasión y crimen) se mostró demasiado estatuario por momentos, y por otros demasiado contemporáneo en sus gestos como para ser alabado.

* Nota de esta edición: fue rodada en 1981. En aquel tiempo no había internet...

 La Voz, 20 de julio de 1983

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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