Home Presentación  |  Publicaciones |  Acerca de Ángel Faretta  |  Contacto
Escritos Dispersos

  SOLEDAD Y DESESPERACIÓN EN UN IMPRESCINDIBLE FILM DE LEWIS 
“Más loco que un plumero” (Smörgasbord, EE.UU, 1982)

 “Yo soy impersonal o personalmente un apuntador en tercera persona, que ha producido poéticamente unos ‘autores’, los cuales son autores de sus ‘prefacios’ y aún de sus ‘nombres’
Sören Kierkergaard, Postscriptum.

       Smörgasbord es una palabra del idioma sueco que designa a los hors d’oeuvre, a los entremeses, al antipasto, a nuestra “picada surtida”. De tal manera describe también la estructura del último film de Jerry: un poco de esto y un poco de aquello como quien elige –al azar de sus deseos- en un festín predispuesto, una loncha de jamón, pepinillos, una rodaja de pavo, hojas de lechuga; aquí también una cereza confitada (o una trufa) y por qué no unos camarones, media palta, hongos en aceite de oliva, o... (o...) *.
   En el film (que se ha titulado localmente Más loco que un plumero) Smörgasbord designa la palabra clave que perturba a su protagonista –Warren Nefron- que recuerda –tónicamente- Rosebud (pimpollo, botón de rosa) que da la clave final de “El ciudadano” de Welles, otro film hecho también de retazos, de fragmentos sueltos que el espectador debe recomponer a la manera de un puzzle.
   El film de Lewis también es la investigación –supuesta o figurada- de una personalidad fragmentada, aunque por otros medios, se entiende.
   Warren Nefron es el inadaptado absoluto, el salvaje en estado místico, desenfrenado, la nulidad absoluta de una sociedad basada en la “libre concurrencia de voluntades”; es como el mismo se define en su primera visita al psiquiatra: “a misfit”. Esta marginalidad cósmica lo lleva a una serie de intentos de suicidios –con los cuales se abre el film- puntualmente frustrados, terroríficamente cómicos en su grotesca desesperación.
   Nuestro héroe decide, como decimos, visitar a un psiquiatra y allí, a partir de entonces, Smörgasbord se bifurca, se trifurca, se despliega como un abanico japonés o como una mantilla española. En su trama infinita se desenvuelve la historia de una obsesión total pautada en una serie adventicia de diferentes y crecientes obsesiones que van desde el pasado de Nefron –un pariente lejano en la Francia de Luis XV- hasta cada una de las distintas tareas en que el personaje incurre para lograr su aceptación social (portero de un hotel que estaciona autos, tapicero especialista en moquetes), pasando por sus delirios cotidianos que el film que los contiene vuelve realidad.
    Estos delirios o esta imaginación delirada, mejor, admite a Nefron imaginando un asalto a un banco (emblemáticamente llamado: “banco de inseguridad”) rematado con los asaltantes bailando al son de “New York, New York”, y acompañados en su desfile final por la policía, hasta la visita guiada a un museo donde cada uno de los cuadros y esculturas contemplados por aquél se adhieren plásticamente a la altura de sus deseos.
    También en una escena –antológica, sublime- vemos a Nefron -descansando de su vida- instalado en un restaurante donde no puede no puede saciar sus necesidades porque una camarera (con una voz que mezcla la del mismo Jerry con Barbara Nichols) le enumera distintas posibilidades, desde la cocción de un bife a las inacabables ensaladas que pueden acompañarlo, y luego los posibles aderezos que pueden condimentar las ensaladas, y luego las formas de pago de la adición, y luego...
   Con esto ingresamos precisamente en un segmento fundamental del universo lewisiano: la inagotable serie de posibilidades con las cuales Jerry puede saciar sus momentáneos deseos, enumeración que finalmente no agota sino que por el contrario lleva hasta la exasperación la gama combinatoria que frustra puntualmente cada una de sus posibles decisiones. También la postergación, el peso angustiante del paso del tiempo; la espera, la tortura de la decisión, la locura que conlleva el arbitrio ajeno, todos imperativos de este magistral artista –uno de los más notables del siglo.
    Obviamente como ya sospecha nuestro lector, Lewis se muestra ajeno y remoto del freudismo (y sus diversas corrientes psiquiátrico-analistas), como un budista del pecado. Precisamente en Smörgasbord el mundo del psiquiatra (su despacho, su “método”, sus tics, sus puntos de vista) es mostrado como disparatadamente monstruoso, horrible en su frialdad (cada mueble hasta el “típico” diván es resbaladizo, amenazante para Nefron; pegajoso, caótico, su reino es el de la desintegración disfrazado de “orden”) y en su asepsia modernosa e inhumana.
    Smörgasbord es un film inenarrable como toda y verdadera y esencial poesía, inagotable como el mundo de su fábula. Un autor como Lewis es por momentos inapresable. Cineasta límite (como Ozu o Ferreri) Jerry lleva las formas cinematográficas hasta los límites de su campo -posible- de representación  y allí éste se quiebra -o parece quebrarse- para alcanzar su demencial grandeza.
   Escindido desde “El profesor chiflado” (1963) Lewis ha llegado en este film (que debe verse rigurosamente junto a “El rey de la comedia” de Scorsese, visto y comentado en este mismo espacio hace una semana) a una suerte de síntesis absoluta de su universo. De allí que esta suma lewisiana que es Smörgasbord se constituya en film no sólo de visión imprescindible y repetida, sino en un hito del cine contemporáneo del cual nuestro autor es una de las más bellas, puras y aireadas cimas; aún en la desesperación y en la soledad que se desprende de su entrañable visión.

   *Nota de ésta edición: vale agregar que de “satura”, comida consistente en viandas variadas que se consumían en ciertas festividades romanas de tipo carnavalesco como las “saturnales”, se deriva el término sátira. Por la mezcla caótica, azarosa hecha de retazos que tiene este estilo en contraposición al trágico.

Publicada en La Voz, sábado 23 de julio de 1983.

 

© Ángel Faretta
Permitida su reproducción total o parcial exclusivamente citando la fuente.

Teoria del cine
Informes e inscripción: info@angelfaretta.com.ar