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Escritos Dispersos

RUFUS, LA RADICAL SOLEDAD

   Rufus fue uno de los animadores, hacia fines de la década del sesenta, de los espectáculos que se daban en el Café de la Gare en París. Donde también intervenían Coluche (candidato a la presidencia de su país considerando que lo mejor para su Francia es un payaso), Miou-Miou, Gerard Depardieu y Patrick Deware. Con los años todos pasaron al cine y pasaron  tantas otras cosas. Deware murió en una clínica para la desintoxicación de heroinómanos, su ex mujer Miou-Miou –ahora lavada y peinada- es una mediana actriz aunque muy exitosa, por no hablar de Depardieu que ya se cree Dantón.
   De todos ellos sólo Coluche y Rufus se mantuvieron firmes en la tradición funambulesca y chocarrera de sus primeros espectáculos. Coluche, tras su divertida postulación, ha dirigido un par de films, de esos que lamentablemente los exhibidores locales ni sueñan con traer. Rufus ha mantenido una brillante carrera en el cine y paralelamente ha continuado con su profusa tarea teatral cuya síntesis mostró en el programa de su única presentación en Buenos Aires, “Las 300 últimas”, el miércoles pasado en la Sala Casacuberta del San Martín.
   Rufus supo ser desde el palurdo marido de “El matrimonio” de Claude Lelouch hasta el obrero sentimental y melancólico de la magistral “Lili, ámame” de Maurice Dogowson; fue también el patibulario sargento Triau de La Legión Extranjera en la fallida “Marche o muera” de Dirk Richards. Rufus era por otro lado junto con Marcel Bozuffi y Jack O’Halloran, lo único bueno de aquel film *. Rufus también  fue el protagonista de Oú est passé Tom? Un maravilloso film de José Giovanni no estrenado entre nosotros. Pero salvo ocasionalmente estos films no muestran al Rufus de teatro o más bien de teatro-concert, ese género parisino que mezcla lo mejor del teatro boulevardier con la pochade, el music-hall, el humor paysan y esa tradición trovadoresca, oral, del humor francés que recogen –ya en  nuestra época- los relatos de Raymond Queneau, Marcel Aymé o Boris Vian. Precisamente con una frase de éste último Rufus presenta el programa: “La risa es una manera amable de estar desesperado”.
   Claro que “Las 300 últimas” muestra otra por demás clara –y principal- influencia; la de Jerry Lewis. La espera, la relación con otro (a su vez desdoblado y vuelto a desdoblar) imaginario, la absoluta inadaptación de un personaje lunar con los objetos cotidianos que se tornan amenazantes y cobran vida propia. También en los gestos, en la forma de mirar al público, de hacerlo participar del sobreentendido, todas estas son forma lewisianas que Rufus ha incorporado a su actuación, y es por demás lógico si se piensa en la aceptación y devoción con la cual se admira a Jerry en Francia.
     Mezcla de pantomima, de teatro del absurdo, de circo, de actuación arlequinesca, Rufus juega en “Las 300 últimas” con todos estos elementos. Básicamente, la situación parte de un personaje puntualmente clownesco que se filtra literalmente en el escenario y vive diferentes situaciones. Pasajero en un tren, campesino, soñador, amante platónico, amante engañado, detenido por la policía como vendedor de tarjetas postales pornográficas... Rufus juega cada uno de estos papeles logrando en el momento del interrogatorio en la estación policial uno de los picos del espectáculo.
   Obviamente todos esos personajes son desdoblamientos de una radical soledad, que la presencia de un escenario desierto donde sólo se ven algunas sillas, un jarrón, un soporte –todos del mismo color blanco- contribuye a conjugar esa atmósfera pesadillesca en donde este nuevo Pierrot lunar vive –pone en escena- sus fantasías. Desde la muerte hasta la vejez -en esta parte Rufus nos hizo recordar nuevamente a Boris Vian, especialmente el de “El arrancacorazones”.
    Espectáculo inclasificable -salvo las pistas que en razón del espacio de que disponemos fuimos acotando en esta nota- Rufus es un gran intérprete de un modo de enfrentar el humorismo en escena que -si bien es más brillante en la mímica y en el recurso del gesto que en los parlamentos- entronca con una tradición feliz de contemplar (o soportar) la vida con garrulería; porque al fin de cuentas todo puede tratarse de una gran equivocación.

 

* Nota de esta edición: En rigor el film se había estrenado entre nosotros en una copia no solo espantosa –cosa todavía habitual- sino también seriamente reducida en su metraje. Vista muchos años después en buena copia televisiva, me pareció sobre, todo su parte final, más que interesante. Digamos cuando “va a los bifes”

 La Voz, 9 de octubre de 1983.

 

© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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