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Escritos Dispersos

LA LOCURA AL ALCANCE DE TODOS
 “Diario de un genio” de Salvador Dalí. Tusquets editores, 289 páginas.

   Diario de un genio” de Salvador Dalí. Tusquets editores, 289 páginas.

    En uno de sus libros más conocidos el muy poco difundido filósofo francés Vladimir Jankélevitch asegura “Pero ¿es que puede concebirse una ética que no sea paradójica y cuya única vocación sea justificar las ideas recibidas, los prejuicios  la rutina de la ética ‘dójica’? Ahora bien, la inversión “paradojalógica” es tan solo quizás, una escapatoria verbal... Responde a la cuestión por el enunciado mismo del misterio profesado” (“La paradoja de la moral”)
   Éste tal vez largo prólogo es, creemos, básico para iluminar siquiera en forma tangencial una parte de la obra de Salvador Dalí e Doménech. Su figura pública de conferencista, diseur, provocateur, terrorista verbal y por sobre todo maestro de la paradoja. No es acaso una demostración perfecta de lo enunciado por Jankélévitch el leit-motiv de éste su “Diario de un genio”: “La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco”. Si se repite como en un ejercicio iniciático, la frase, la lógica –o aquello que todavía pretende pasar por tal- es demolida en el fundamento axiológico de su existencia: esto es, como enunciado lingüístico.
  Precisamente esto es lo que propone este notable libro de Salvador Dalí, editado por primera vez en su original francés (por las ediciones Table Ronde en 1964) y presentado ahora en castellano en la colección Andanzas de sus paisanos Tusquets editores de Barcelona.
  El libro simula cubrir la actividad diaria de Dalí de 1952 a 1964. decimos “simula”  porque toda su esencia es la del simulacro. Simulacro de la escritura del memorialista, simulacro de lo confesional, simulacro de la escrupulosidad detallística.
    Precisamente es por eso que este precioso libro (que conforma una suerte de trilogía con las “memorias” La vida secreta de Salvador Dalí”, 1948 y con la “novela” Rostros ocultos, 1952) desbarata todo intento de clasificación lógica y que, por lo contrario, invita al fácil denuesto y a repetir trillados anagramas. Porque Dalí carga sobre sí toda la responsabilidad de lo dicho, y simulando ser el viejo epígono superrealista para los filisteos es, para los sectarios de aquel grupo, una suerte de monstruo que debió ser exorcizado precisamente por llevar hasta el límite las provocaciones literarias del grupo.
   Hoy que –como diría Nabokov- el surrealismo (en realidad infrarrealismo según ha demostrado Hans Sedlmayr) no es más que un montoncito de pelusa en un casillero vacío, Dalí es una de las figuras más conspicuas y al mismo tiempo secretas de nuestra época. Porque por un lado dispara sus epigramas, en que en su esencia son la impudicia de permitirse lo que el filisteo desearía hacer, y al mismo tiempo “jugando” la carta de su pública locura. Claro que ya se nos ha informado la diferencia entre un loco y Dalí (dicha por él mismo) ¿Entonces?
   Entonces el Dalí frenético, violento, impulsivo, se reencuentra con el otro Dalí, el secreto, el vertical y tradicionalista –como describe a sus bigotes- y, tras otro golpe de dados, el azar no será nuevamente abolido sino aceptado.
  
  Clarín 5 de enero de 1985.

 

© Ángel Faretta
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