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Escritos Dispersos

 LO SAGRADO Y LO PROFANO.
 “La metáfora y lo sagrado” de H. A. Murena. Editorial Alfa, 92 páginas.

“La metáfora y lo sagrado” es un breve escrito –un opúsculo en rigor- que Murena completó y dio a la imprenta hacia mediados de 1973 –dos años antes de su muerte. Contemporáneo y simétrico a su último libro de poemas “El águila que desaparece”. “La metáfora...” es la teoría de lo que después nuestro mismo autor realizaría en forma de breves y excepcionales poemas.
   Pero “La metáfora y lo sagrado” es teoría en el sentido tradicional del término esto es: contemplación de los fenómenos eternos de la belleza enfrentados al terrible problema de la duración, del devenir. Murena que toda su vida fue un ejemplo de busca de las fuentes originarias de la creación –tarea en la que contó con la ayuda de su amigo e inapreciable colaborador David J. Vogelman- y cuyos resultados fue entregando en sus diferentes ensayos: “El pecado original de América”, “Homo Atomicus” y “Ensayos sobre subversión”, alcanza en éste, “La metáfora...”, el resumen de toda una vida hecha de obsesivas tentativas para religar el trabajo poético a las fuentes originarias del saber.
  Dividido en cuatro momentos que muy bien podrían definirse como epístolas (“Ser música”, “El arte como mediador entre este mundo y el otro”, “La metáfora y lo sagrado” y “La sombra de la unidad”), Murena va haciendo desfilar con su certera, violenta, extática prosa los distintos estadios de la revelación poética, según los datos tradicionales. En primer lugar Murena elige la figura del mundo como esencia musical (cosa ya intuida por Schopenhauer) como la palabra –el logos- que es oído en sentido físico; Dios es nombrado con ondas sonoras. De allí pasa a contar una bella revelación personal que le fue dada milagrosamente al escuchar pasajes del Corán en un viejo disco olvidado y vuelto a encontrar. Ese reencuentro (esa reviviscencia en sentido platónico) es uno de los fundamentos de lo poético.
   En el segundo texto, Murena parte del verso de Gottfried Benn “Melancolía que a la poesía conduce” para desarrollar la clave tradicional de la metáfora (“lleva”, fero, “más allá”, meta) para concluir que la poesía a través del elemento fundamental de su figura central, es una actividad mediadora entre lo alto y lo bajo, entre la divinidad y la melancólica permanencia en la vida, en lo que deviene. “El otro mundo no se presenta sólo a través de la dilatación o inversión del sentido que imponen las metáforas parciales de cada obra de arte: mediante su figura total, la obra revela el mundo arquetípico que allende lo sensible es el sustrato del mundo aparencial”.
   Su escrito central, precisamente el que da título al libro, parte del enigma del silencio y colige que el “ir hacia fuera” del poema (poema en el sentido de Obra) es una necesidad constitutiva que tiende a religar la vergüenza de la caída del hombre con la redención manifestada mediante la asunción del silencio que desde entonces habita a lo humano. “La poesía es el solitario vuelo de la fe que une dos montañas por sobre el abismo. Nada distinto es la vida”.
   Este extraordinario libro finaliza con el escrito “La sombra de la unidad”, donde Murena con su acostumbrada originalidad para utilizar los datos tradicionales, teoriza sobre el eje mítico-religioso de dos momentos del Antiguo Testamento: la Caída y La construcción de la torre de Babel. En estos ejes ve Murena el instante misterioso –místico- del quehacer poético. Ya que Babel no fue según su lúcida interpretación un acto de soberbia sino de humilde redención mediante la palabra: “No había en los hombres de Babel nada impío (...) En todo caso urgencia desmedida del cumplimiento de la promesa de retorno al seno del Paraíso que, como recuerdo, se les dio a esos hombres con la existencia.” De allí que Babel sería lo clásico y por el contrario lo romántico es la “re-presentación del mundo que procura restablecer la unidad anulando la distancia”.
   Pocos libros escritos en nuestro idioma –y francamente en cualquier otra lengua- contemporáneamente se plantean estos interrogantes. Murena no escatima las citas de las fuentes tradicionales, cuya enumeración no corresponde a este lugar. Lo que sí hace es establecer en torno a ellos una síntesis poético-metafísica que con toda justeza re-ubica el hacer del hombre con la sacralidad, con lo trascendente.

  Clarín, 24 de octubre de 1985.

 

© Ángel Faretta
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