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El concepto del cine

Como la publicación completa de nuestra Teoría del cine se viene postergando por diferentes razones, es por ello que hemos intentado resumirla en un pequeño volumen, a manera de un epítome, para sintetizar, adelantándolas, muchas de las conclusiones a las que fuimos llegando a lo largo de los años. Nos adelantamos también a cumplir con el pedido de algunos -pocos- amigos y discípulos que deseaban tener, desde bastante tiempo atrás, siquiera las conclusiones de nuestra teoría. El que ahora intente cumplir con los requerimientos de tales no quiere decir, ni remotamente, que hayamos caído en la ilusión de la influencia que este escrito pueda tener en cuanto a la tendencia y dirección que las cosas van tomando en el mundo, o que pueda contribuir en alguna medida a modificar tal dirección. Lejos de ello. Si pudiera entenderse lo que aquí se plantea estarían dadas simétricamente las condiciones de su modificación.
    Menos aún debe interpretarse la redacción de este escrito como algún tipo de supuesta obligación que el hombre de letras (categoría que por cierto, y es parte de esta teoría, el cine se ha encargado de pulverizar...) o el intelectual - en sentido de pensador que hace públicas mediante la edición de textos sus ideas- debe tener con la supuesta tradición del humanismo occidental. Quien así se haga algún tipo de ilusión, debe advertírsele desde ya que comete un terrible error, error que casi con seguridad la lectura de este escrito no contribuirá a disipar sino a incrementar angustiosamente.
   Lo redactamos y nos resignamos a su publicación en la medida en que creemos poder circunscribir, cuasi a la perfección, los limitados y hasta irónicos alcances que un texto como el presente puede tener. Puede imaginárselo como una contribución -de suyo por demás limitada- a paliar la confusión que algunos puedan tener en este momento con respecto a las causas últimas y fundamentales.
  Como y ciertamente el grado de achicamiento, aplastamiento y materialización a que ha llegado la tarea -o supuesta tarea- del pensar y poetizar en nuestra época, alcanza a ojos vista niveles de una bajeza, ramplonería y pérdida de los más elementales bordes de racionalidad y hasta -si queremos- de conciencia y decoro, desbordando hacia oscuras fuentes de las que pretendió o creyó emerger en algún momento. Como ello es así y no cesará por mucho, muchísimo, tiempo, no es en balde mantener una discreta, pero, insistimos, por cierto también, muy irónica situación de conservación, aún en el plano de la letra, cosa que en gran medida el contenido filosófico de este tratado refuta o da como ya imposible. A esta paradoja atiende el que nos resignemos a su publicación y hasta a su prologado.
    Todo el escrito comprendido bajo el título de El concepto del cine tiene, y no intenta ocultarlo en lo más mínimo, un carácter subrayadamente polémico. Cada uno de sus corolarios, como también cada uno de sus axiomas y postulados, ha sido redactado teniendo -o imaginando tener- en cuenta otros que se le oponen necesariamente. En nuestra época de creciente despolitización enmascarada, so capa de embutir todo en lo económico, cuando por cierto no es más que otra fase del no pensar y/o del indecisionismo político, un texto como este deberá ser visto como una franca anomalía. Anomalía que, desde luego, el cine o el pensar del cine no hace más que afirmar y subrayar.
    El que la llamada función intelectual, acuñada más o menos como subproducto de la mentalidad renacentista, y puesta en troquelada circulación industrial a partir de fines del siglo diecinueve europeo, haya caído en la última fase, la de su declinación definitiva -y la de su solidificación material-, no debe ser novedad para nadie que mantenga sus facultades críticas más o menos activas. Lo que sí puede resultar extraño es el diagnóstico genealógico-simbólico de tal estado de cosas. Muchos han visto o intuido este declinar como una confirmación de sus estrechas visiones reduccionistas. Tales visiones fueron un aliciente y un acicate para precipitar, irresponsablemente, ese estado de declive. Por el contrario algunos otros sectores, más impensadamente optimistas o progresistas, suponen que tal estado de cosas lleva a una superación en la cual, definitivamente, lo técnico tomaría la posta, el relevo en la tarea del pensar en Occidente y luego en el planeta entero. Estos últimos no parecen tener presente que la técnica en cuanto ciencia aplicada no es más que otra forma del dis-pensar aplicado, y por ello cae en el grosero círculo vicioso de postular como superación lo que no es otra más que una franca “puesta al revés” de todo aquello que, tradicionalmente, puede imaginarse como pensamiento.
   En esto, el primero de los grupos mencionados actúa con una más clara aunque cínica conciencia de su error. No le pide otra cosa al mundo que permitirle tomar y hacerse cargo del recambio de una paradójica forma de la actividad bufonesca. Aunque no pueda ni deba descartarse que en sus bufonerías se oculte un sesgo de estricta befa “soplada” desde afuera.
    De tal forma este texto es de carácter polémico, ya que no pretende convivir, en sentido limbal, con otras postulaciones que se le oponen o intentan oponérsele. Tal estado de pólemos no guarda, ni quiere guardar, ninguna relación, siquiera de vecindad, con el estado de coloquio interminable que las agotadas actividades intelectuales humanísticas quieren simular mantener. Es decir: al igual que su símil parlamentario hacer coincidir en una suerte de grotesco y fabuloso limbo laico aquello que por su mismo peso y función no puede concebirse si no es en tono y en función exclusivamente polémicos. Quien empieza por excluir el juicio final termina por excluir toda toma de decisión, aún en el plano de la supuesta cotidianeidad estética. Quien no decide por el telos, por el esjáton, termina por no decidir por una línea, un punto de fuga, un matiz, una tonalidad -ni hablar de algo como “gusto”. Quien comienza por postular que las comparaciones son odiosas  (id est incorrectas) acaba por olvidar que en estética no hay otra cosa que comparaciones... Quien prefiere excluir la pérdida del paraíso como causa prima de todo, termina por llevarnos al infierno de la indecisión o del escamoteo moral.
    Digamos que el cine excluye ese tipo de modalidades, aunque en lo que hoy es la actividad del cine lato sensu -que ya no es el hacer y el pensar en cine- casi no sucede otra cosa.
   Como todas las anteriores teorías sobre otras formas del pensar y poetizar, nuestra teoría del cine es un fruto tardío, el producto casi de invernadero de una época en declive y que está a punto ciertamente de asistir también a la desaparición de tal forma del pensar y poetizar. De ser esto posible, cabe recordar: no existe ni puede existir ninguna otra forma o manera que quepa imaginar como reemplazo y menos aún como superación dentro del orden estético. Si el cine fracasa, desvía, agota, o concluye su misión, no existe absolutamente ninguna otra forma que pueda reemplazarlo o tomar siquiera la posta. Repetimos: dentro del campo de aquello que todavía se llama lo estético.
    Por cierto esto último no significa, necesariamente, que lo estético sea algo primordial para el mantenimiento, conservación, ni menos aún para la superación de un determinado, o parte de un determinado, estado de cosas. El cine per se, niega esa misma posibilidad. Tras el cine, de haber ese “tras”, no hay ricorso posible, ya que su ser en el universo del pensar y poetizar ha agotado ya todos los corsi posibles. Esto debe ser aceptado apodícticamente para poder entender el texto que sigue y del cual este pre-texto intenta suplir las funciones de la figura mítica del Prólogo, mensajero que todo parecía saberlo y actuaba en consecuencia.



© Ángel Faretta
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Teoria del cine
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