Home Presentación  |  Publicaciones |  Acerca de Ángel Faretta  |  Contacto
Publicaciones

La pasión manda
Algunos corolarios a modo de introducción

  “¿Un libro sobre el melodrama?” Preguntó con asombro mi editor cuando se lo dije.

   El porqué es muy simple. En ese modo de expresión aparecen o aparecían, cabe decir ya, todos los sedimentos numinosos que cierta modernidad intenta tachar o directamente borrar.
  Rudolf Otto da dos definiciones liminares sobre lo sagrado: es lo absolutamente otro y el mysterium tremendum. Lo tremendum es eco o ideograma mental de lo anterior. La criatura humana siente su otredad absoluta con lo sagrado como tremendo y misterio. Ello tan sólo puede expresarse en forma aproximada con lo sublime y con esa síntesis “a priori” que Otto llamó “lo numinoso”.

    La movilización total puesta en marcha por la mentalidad liberal-industrial del XIX se dio a la tarea de intentar neutralizar y luego diluir a todo lo religioso o reducirlo a la medida de sus necesidades; cuando no lo necesitó más procedió a borrarlo. Supuso que lo numinoso y sus formas anejas no eran más que otra pasión concluida. Pero eso “absolutamente otro” desde luego no puede disiparse en la descripción positiva ni anularse en la reducción psicológica. Eso, lo numinoso, corrió a refugiarse o a transmutarse en varias direcciones, aunque la principal o eje de todas ellas fue lo que llamaré condición melodramática. Allí fue donde expresó su potencia y permanencia numinosa mediante troqueles propios creados ex profeso. Con ello esa forma mentis se degradó conscientemente, se camufló de “popular”, incluso “marginal”. Se irradió como relato, como teatro, como ópera, como film.
 
  Llegado su fin –como término y meta- sobrevive en el margen televisivo, en funciones de extramuros y sobre todo en vergonzantes expresiones de dolor y terror, todavía diarias aunque cada vez más privadas, secretas, incluso hasta clandestinas, que intentan ser anuladas mediante sustituciones más que evidentes como “quebrarse” por sufrir y “contener” nada menos que por consolar.

   Según Mircea Eliade el hombre moderno -al menos el occidental europeo aunque ya parece que no sólo él- es el primero que se piensa o se le hace pensar como arreligioso, alguien que no sólo es un ser meramente histórico sino que él mismo es quien hace esa historia. A ello se lo ha llamado secularización y se ha creído y se sigue creyendo que se ha vaciado a este hombre de toda noción de lo sagrado. El tema es que eso, absolutamente otro, regresa en manifestaciones ambiguas, híbridas, directamente aberrantes. La violencia en estadios deportivos, las manifestaciones “festivas” de los fines de semana por jóvenes y no tan jóvenes, la proliferación de drogas fabricadas con desechos industriales y hasta otra llamada éxtasis, nada menos, más otros muchos fenómenos que irán en aumento hablan a las claras de que en tales expresiones paródicas y hasta aberrantes lo numinoso se muestra como tremendum, aunque posiblemente ya no como mysterium, tan sólo como “caso” social, psicológico y demás reducciones.

  La ritualización, la repetición intencionada de ciertos gestos y acciones, ha sido entendida como hábito intra-específico de las especies. Pero el hombre es aquella especie que a esa regulación genética la ha vuelto símbolo. Pero el símbolo sin el ritual que lo sostiene y regula –según medida- se torna desborde fragmentario, cuyas fracciones estallan caóticamente en los diversos compartimentos estancos en que se ha dividido la vida cotidiana. Así tales trozos caen como pequeños aerolitos en los espacios de la vida laboral, social, civil, festiva, política, estética, sexual. Cada uno de esos pequeños trozos lleva algo de numina indeclinable en su interior. Pero al caer desmigajados en zonas de actividad humana separadas por barreras levantadas entre ellas aparecen más que como revelaciones o epifanías como vehículos de angustia, terror, pánico; porque falta el eje ritual que las “cure”, que es un reunir y cobijar y sobre todo un operar conciente de esta reunión de lo disperso.

   Sólo una religión que sea al mismo tiempo trascendente e histórica podría -una vez más- realizar esa tarea. Esa religión -para mí- es el cristianismo en su forma católico-romana.
  Pero al parecer la Iglesia, o cierto sector suyo creciente en número o al menos en su dirigencia -no sólo burocrática sino incluso teológica- no hace otra cosa que borrar diferencias y licuar activos cuando precisamente lo que necesitaría es más bien exhibir y poner operativamente en acción su plus diferenciador, cosa que le reclaman a gritos –aunque en forma ambigua y hasta aberrante- propios y ajenos a su fe.
  Insiste o le insisten en lo social, cuando hace esa tarea desde la ida de Cristo; como lo prueban los episodios narrados en las Hechos de los Apóstoles. ¿Entonces? Que entonces debe comprender que esa unidireccional social esconde -y muy mal- la nueva disolución a que es llevada por el Mundo.

   En palabras de la inglesa (y católica-romana) Mary Douglas “Pero la responsabilidad social no sólo no es sustitutivo alguno de las formas simbólicas sino que depende de ellas. Cuando el ritualismo es despreciado  el impulso filantrópico corre el peligro de autodestruirse. Suponer que pueda existir una organización sin expresión simbólica es perfectamente ilusorio.”

 

  Este texto fue publicado en la revista “Ñ” del 9 de agosto del 2008



© Ángel Faretta
Permitida su reproducción total o parcial exclusivamente citando la fuente.

Teoria del cine
Informes e inscripción: info@angelfaretta.com.ar