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Tempestad y Asalto
Segunda parte, Capítulo tres

Poco después de tales encontradas lecturas, cuando ya daba lecciones en el Colegio de San Ignacio, uno de los padres me llevó aparte un día para hablarme de sus especulaciones -así las llamó- que, lo afirmaba, estaba interesado en compartir conmigo. Pasé a conocer esa parte del edificio que apenas entreveía desde las aulas o desde la entrada. En el segundo piso, en un ala que da al río, el padre Herranz me mostró sus habitaciones donde descubrí que los jesuitas vivían en unas piezas por demás estrechas, casi pobres. Comprendí entonces que parecían reservar su capacidad de asombrar, su gusto por la pompa, el oropel y hasta el rebuscado artificio -por lo cual fueron y siguen siendo acusados-, para las cosas, ¿cómo diré?, que llevan un fin estético o heurístico; reservando su espiralado casuismo, su puntillismo inigualado para rumiar desde la más árida de las lucubraciones hasta el más craso problema práctico y material -y nunca perdiendo de vista las diferencias entre ambas- para dejar a sus vidas particulares sólo el espacio suficiente para los más elementales cosas y acciones del vivir. En sus, para otros, ostentaciones, había como un ritualizado desgaste, un desperdicio minucioso de lo superfluo, como quien se purga de una sangre demasiado espesa, un carácter siempre cercano a la ira, una plétora siempre a punto de rebosar por exceso de imaginación y de alcanzar su hybris. Y en ese desagotar lo excesivo se alcanza un estado alterno y cercano al sacrificial. Porque los padres habían descubierto desde los días de Loyola -que por cierto coinciden con el paso casi estricto entre lo que se nombra como humanismo y lo que pasa a ser luego barroco-, que todo aquello que reluce no solamente no es oro sino que el mismo oro, la áurea apariencia de las cosas mundanas y terrenales despiden en su creación, acuñación y luego desciframiento, una significación distinta para cada quien. Y en ese cada quien se juega la baza de un albedrío que ya se vuelve estanco o escaparate de boulevard, en estricta avidez de novedades, que -según menta el ritual del exorcismo del veneciano Viadana-, es uno de los signos inequívocos de posesión demoníaca. Así los padres de la Compañía se habían dado desde el vamos a la tarea de desprestigiar las cosas suntuosas, bellas y hasta sublimes. Pero mediante el paradójico ardid de llevarlas hasta el extremo de su perfección terrena posible con el matiz tortuoso y retorcido de lo barroco, barrueco, o mal facto. De lo que ha perdido su Oriente, su orientación, y que como la perla originaria en cuya imperfección los marinos portugueses en la lejana Cathay advirtieron una pareja chuequez, una imperfección en la naturaleza del artificio de la ostra que no es otra cosa -y luego así se entendió- que una enfermedad que en vez de la crasa reproducción de sí se trastrueca mediante un azar aparente en un lujo festivo y en una joya, que al no estar del todo terminada en su ficción se vuelve barrueca, chueca, declaradamente no orientada en su fábrica de ilusión. Así también en sus procederes los jesuitas habían organizado hasta en sus mínimos detalles ese desgaste ritualizado, ese plus, esa imperfección rubricada, absurdamente, por el exceso, por la opulencia, por el insistente repetir espiralado de una vuelta siempre infinita que parte sin embargo de un centro y comienzo inmóvil: como la figura que lo representa.

Me sirvió una copa de vino –“de nuestra provincia de Cuyo”- se sentó en un desvencijado butacón cubierto con una manta a franjas verticales, con flecos en ambos extremos, tejida en telar, que fue sirviéndole a medida que la noche caía -estábamos en invierno- como abrigo al cual se acomodaba a la manera de un poncho. Me confió que en el poco tiempo que le dejaban sus tareas, tanto eclesiásticas como administrativas, se había dado a la afición de confutar o en todo caso -así lo dijo- divagar sobre las peroratas más extremosas, audaces o quiméricas de los así llamados hombres de las luces, a los cuales pasaba a llamar -un tanto para mi confusión- galicanos. Como era obvio -estaba seguro de ello- conocía la excepción dada a la Compañía para leer libros prohibidos, simplemente heréticos, dudosos o en sospecha, así que no tenía, me dijo, que guardar ningún disimulo.

-Es la escasez de letras lo malo -argumentó probando un poco del vino que me había servido.

-Pero el exceso de letras puede llevar a un empacho no menos malo -acoté a mi vez, y viendo que se trataba de un hombre inteligente y al que no le molestaría un poco de visteo como a un buen esgrimista.
-Para el empacho hay curativos, específicos y hasta vomitivos y purgantes. Pero el hombre sabio, y que quiera ofrendar a Dios su sabiduría, no puede permanecer ajeno a las controversias que el mundo...-miró un tanto al vacío como si viera, palpablemente, venir ese orbe a su encuentro proyectado sobre la pared encalada - ...que parece tocarnos en turno, y en no más de veinte o treinta años a esta parte va a plantearnos.

-...

-El conocer su proceder, su acción, su pensar -escandió con un dedo índice pálido y delgado la tríada mencionada, que golpeó sonoramente sobre la mesa de nogal, y que nos separaba de nuestros respectivos asientos. Detrás de él, el ventanuco casi oval mostraba el centelleo anaranjado de una sudestada que pugnaba por la posesión de esa franja de cielo con el enturbiado arrebol de ese crepúsculo. Podía olerse el río.

-Déjeme decirle -dijo pasando a un tono más cercano al adagio- que muchas de las cosas que algunos de ellos pretenden, eh..., ¿buscar? -se interrogó a sí mismo- no están del todo... en fin: no son solamente bravatas de mentes calenturientas y de seseras ociosas que allá, en la vieja Lutecia, los empelucados señorones practican como pasatiempo o, seamos francos, como afrodisíaco para sus pasiones exhaustas. Ya que como sabrá, hay una concupiscencia de la mente, una libido (libido sciendi) intelectual que peca, y más contumazmente, que aquella de la pobre carne pasajera.

Mojó apenas sus labios con un sorbo de vino; unas diminutas perlas escarlatas, como puntos suspensivos, se posaron sobre su boca, subrayando el suspenso.
-El método -y lo recorrió una escalofrío que lo arrebujó un poco más dentro de su poncho o manta de los Yapeyuses o de Apóstoles.

-¿El método? -repetí interrogante.

-Es lo que falla. O mejor dicho está contaminado de mundanidad-. Apartó simultáneamente el vaso del que había bebido y luego con un gesto de su mano, algo invisible que parecía un argumento innombrable o una larva portadora de renuencia a ser pasible de argumentarse.

-Mezclan lo alto y lo bajo. Parten de necesidades y no las hacen pasar por el tamiz de las virtudes. Traducen a éstas como meros actos individuales que sólo pueden descubrirse con sentimentalidad empalagosa; aquí, concedamos, los germanos, aun algunos de los nuestros, llevan la delantera. Quieren hurgar por un lado, las vísceras de la pobre humanidad, pero sancochándolas, por las dudas, con el jarabe dulzarrón de las morales prácticas, los esfuerzos de la voluntad, todo un programa, por no hablar de las tentativas de regeneración donde no falta ni la gimnasia ni los baños de sol. Un embrollo.

-No creo que muchos de aquellos -comencé tentativamente y me sorprendí de manera simultánea por la limpidez que tomó mi voz, acostumbrada a los susurros y a los balbuceos de medianoche- tengan en mientes tales distinciones...

-¡Las han olvidado! -interrumpió vehemente.

-...o les han dado una ayuda para el olvido, digamos un soporífero.

-Siga. Siga.

-La cosa es...- me detuve mentalmente porque temí que lo límpido de la primera acometida me aturrullara en devaneos y pretensiones-... bueno, los príncipes se entregan a la molicie y los prestamistas se quedan primero con las tierras y luego con...con...

-El cetro. Pero luego lo guardan y lo traducen en papel. Así ¿qué quiere?

-No es lo que yo quiera -me recompuse un poco, todavía vacilante- si los tontos nos gobiernan, es indudable que los más despiertos esperen sucederlos.

-Pero no quieren sucederlos. O en todo caso, no sucederlos, ¿cómo le diré?, crematísticamente. Les conviene que se queden momificados, con afeites y con gestos de autómatas haciendo visajes en sus sillares. A ver si el propio pueblo, del cual se creen sus voceros, termina por hartarse y grita por volver al antiguo estado de cosas.

-...- titubeé; luego el padre Herranz repitió:

-Siga, siga...

-Supongo que lo que... diré, puede no agradarle pero...

-Déjese de sofismas, conmigo no cuentan. Vaya al grano. Este lugar -y no supe si se refería a la ciudad o al virreinato todo- ya apesta de inflación retórica. Se la pasan hablando y hablando. Si seguimos en este tren, tendremos en algunos años un pueblo de parleros, rondas de charlatanes, peñas de hablistas, conciliábulos de habladurías. Y como la vida es muelle entre nosotros -prosiguió tras un suspiro- lo suave del clima, la llanura casi infinita donde crece cualquier cosa que se arroje en ella; los animales, las vacas, caballos y puercos que se reproducen como conejos, rodeados de un río que parece un mar y así fue confundido, cierto achatamiento que da el horizonte verde donde por las tardes parece que fuéramos hamacados por una mecedora de follaje -una pausa sonriendo para sí-: la belleza de nuestras mujeres que las tornará altaneras y al hombre todavía más flojo precipitándose a la coyunda, todo ello amigo -me mira- nos hará una isla encantada, una dependencia lejana de la Cucaña, o una última Thule...

Lo interrumpí porque su charla, que lo exaltaba, a su vez, tendía a deprimirme.

-Podemos empezar de cero -me di cuenta que había levantado la voz a un tono del que hasta ese momento no me creía capaz-: hay que tener confianza y fortaleza, todo está por hacerse, esto es América, recuérdelo -y lo apunté con un dedo índice y un argumento que creía irrefutables- aunque nos olvidamos de ello y caemos en provincialismos, alcaidías y demás islotes; América -llegué a gritar.

El jesuita pareció estremecerse brevemente, metido en su poncho. Por el ventanuco oval las primeras estrellas se desperdigaron por el ojival fragmento de raso azabache que las enmarcaba. Luego sonrió con ese aire despectivo, no por los argumentos ni por los conceptos, sino por la inclaudicable insipidez de las ilusiones humanas, una mofa que se distribuía, pródiga y solidaria, sobre todos los afanes del hombre, especialmente de aquellos entregados a cortarse solos forjando para ello unas cadenas más pesadas por lo cómodas de portar; y después...

-Sigamos así -y señaló el techo como figura que a continuación se entendió- y haremos tal cual lo que preparan los de allá, muy allá, arriba. Fundemos un estado sobre la mera search of hapinnes; sí, lo que dice eso que llaman una constitución...que bien les cae la rima fácil en castellano ¡Pero qué se creen! ¡Search of happiness! Imagíneselos corriendo por ella, desatándose más y más de lo anterior y, sobre todo, de aquello que no es anterior en el tiempo ni en el espacio, una preterición si quiere, para luego arrojarse a lo que suponen felicidad sin más, o tal vez una material, químicamente pura, y que ya me veo venir como una tripa gorda rellena a destajo y de apuro con la peor sentimentalidad, que es siempre hermana de la crueldad, la avaricia, la cortedad de mollera, una imaginación de chachas y las maritornes al poder ¡Qué me cuelguen si quiero esto para nuestros lares!

-Podemos hacerlo -me levanté de mi asiento y me di a caminar por la celda estrecha- ...a nuestra manera, no hay porqué hacer un calco, un doble...Ah...-levanté el brazo y me estremecí al hacerlo- dejémonos de monsergas y limitaciones; podemos conservar lo propio, digo lo nuestro, lo que traemos y lo que también somos por herencia o antecedentes, pero llevados por otro impulso por...no sé, otra -busqué mentalmente- meta, si quiere llamarla así.

-...así se empieza -remató el cura, tomando la palabra como una baraja que había dejado caer-. Primero sentimentalizamos la libertad; luego la metemos en un cucurucho y la acaramelamos; tras el empacho, la golosina de marras se torna en un feitiço, en un trozo de materia que se adora por lo empalagoso y fácil de portar. Y luego esa untuosidad se transmite a los negocios, donde el éxito pecuniario se deberá- eso lo vienen preparando desde hace unos siglos- a una elección de un ser superior que se ha tomado el estúpido trabajo de convertirse en un dispensador de fortunas, en un alcahuete leguleyo que otorga prebendas como una carta de crédito celestial a nombre de futuras recompensas que, además, imaginan como un carnaval perpetuo, con muñecones de trapo y escayola actuando como ángeles y algunas putas reconvertidas en amas de casa eternas, y un...

-Mire Urruchúa no hay mucho tiempo –al caer la primera oscuridad, su nariz aquilina, sus pómulos salientes que parecían tallados en el hueso, su nervuda delgadez, y hasta el bies de la melena plateada se reflejaron sobre el muro formando la sombra perfecta de un perfil predatorio-. Nuestros días están contados, al menos aquí -miró alrededor como si la habitación fuera el mundo representado-: En estas tierras. La orden de extinción de la Compañía es un hecho.

-¿Qué...?

-No, escúcheme. Nos queda: o la resistencia, cosa imposible por juramento, o la desaparición. Pero algunos de nosotros tenemos pensada una tercera faz o alternativa. Terminaremos de “entrar en el mundo”: cosa curiosa, algo que nuestros ya centenarios enemigos siempre nos han reprochado. Bueno ahora lo haremos, al parecer definitivamente.

Terminó lo que restaba de vino; lo acompañé vaciando mi copa.

-En esto alguien como usted...

 



© Ángel Faretta
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